Caer es permitido, levantarse es obligatorio.— Anónimo

Corría el año de 1954. En los Estados Unidos el sarampión era considerada una enfermedad endémica generalizada que causaba más de 500,000 contagios y cientos de muertes anuales de forma habitual, y aunque en ese año no se presentó un alza de casos, ocurrió un hecho un tanto fortuito que sería determinante.

En el invierno se presentó un brote en el internado de Fay School, un colegio privado ubicado en Southborough, Massachusetts, muy cerca de Boston.

Los pacientes fueron atendidos en el Hospital Infantil. En una maniobra acertada se identificó al paciente cero, un estudiante de 13 años llamado David Edmonston, que fue la fuente principal de contagio.

Los científicos John Franklin Enders y Thomas C. Peebles pertenecientes al laboratorio de investigación de enfermedades infecciosas pediátricas, de la Universidad de Harvard, lograron aislar el virus de los tejidos y exudados del chico. La cepa viral, este manojo de material nucleico y proteico, que solo se reproduce en humanos, lleva el nombre del chico infectado: la cepa Edmonston.

En 1963, John Enders desarrolló el primer prototipo de vacuna y fue mejorada en 1968 por Maurice Hilleman y sus colegas. Ha sido la única contra el sarampión usada en los Estados Unidos desde entonces. Hay un claro “antes y después” de la llegada de la vacuna.

Si hay un virus que es un auténtico terrorista en el mundo de la virología es: el responsable de esta enfermedad, que tiene una de las velocidades de contagio más rápidas registradas; a menos de seis horas de haber estado en contacto con un enfermo, ya se tiene la infección; pero no solo eso, cada infectado puede contagiar hasta 20 personas, cuatro veces más que el virus del Covid, y aunque no es tan mortal, tiene una alta morbilidad.

El cuadro es bien conocido: Fiebre, secreción nasal (rinorrea), tos seca y ojos rojos (conjuntivitis), manchas de Koplik y erupción cutánea, sarpullido de color rojo que inicia en la cara y cuello, y se extiende progresivamente al resto del cuerpo. Es un proceso catabólico agudo que ocasiona pérdida de peso y puede complicarse con neumonía, meningitis y ocasionar la muerte.

¿Cuál ha sido el impacto de la enfermedad en México? Dejamos prácticamente de verla cuando se implantó la cartilla nacional de vacunación. La última gran epidemia ocurrió entre 1989 y 1990.

Tras la intensificación de las campañas de inmunización en 1990, la incidencia disminuyó drásticamente en 1992 a solo 12 casos confirmados en 1995. De hecho, el último autóctono (originado dentro del territorio nacional) durante la década de los noventa fue precisamente en 1995.

Los posteriores fueron catalogados principalmente como importados. A partir de 1996, México logró interrumpir la circulación del virus endémico, y los brotes detectados en años posteriores han sido resultado de casos introducidos de otros países.

Pero un brote de sarampión con tintes de epidemia se presentó desde el año pasado. ¿Qué sucedió?: simple, se dejó de vacunar a los niños. Vino la pandemia y una abrupta caída de las inmunizaciones; el gobierno la justificó por la contingencia, pero en realidad se debió a un negligente desabasto.

También se argumentó el problema por la negativa a vacunarse, promovido por estos llamados grupos antivacunas. Incluso, la argumentación de la relación de la vacuna con el autismo carece de sustento científico. Lo cierto es que un porcentaje de la población quedó vulnerable.

Así, el sarampión volvió a aparecer en 2025. Empezando el año los pronósticos catastrofistas estaban a la orden del día. México no iba a poder garantizar el control de la enfermedad y se hablaba del impacto que tendría en pleno mundial de fútbol.

Imaginemos el número de personas congregadas no solo en estadios, en los llamados Fan Fest o en los festejos, con una sola persona portadora del virus, la cadena de contagios que iba a desatar, tomando en cuenta la enorme cantidad de extranjeros no vacunados, y ya se veían los hospitales saturados y México quedando en el suelo del desprestigio, peor que cuando nos veían con recelo por el H1N1.

¿Ante este panorama, qué ocurrió?: La Secretaría de Salud se puso las pilas. Recordemos que poco después de la campaña de vacunación contra Covid e influenza (un éxito), se adquirieron 27.3 millones de vacunas contra el sarampión. Se hizo una estrategia, como las de antaño.

La epidemia quedó bajo control tras aplicar 3.4 millones de dosis. Se mantiene activo el sistema de vigilancia epidemiológica a nivel nacional debido a los casos acumulados y al riesgo persistente de contagios importados. Aún no se alcanza el umbral del 95% necesario para evitar brotes. Y aquí hago una pausa y me pongo de pie para aplaudir, porque éstas son las gestas sanitarias que dan gusto.

Aún quedan temas pendientes y el gobierno lo reconoce, la cobertura de vacunación en niños se ha recuperado y ya rebasa el 87%, pero aún hay mucho que hacer. ¿Y se acuerdan de la vacuna Patria?… Mejor no hacer corajes, lo rescatable, el secretario anunció que no se desperdiciaría en absoluto toda la plataforma de elaboración ya que se está utilizando para la fabricación de la vacuna contra la fiebre amarilla, enfermedad que si bien está erradicada en México, no olvidemos que el vector es un viejo conocido de Yucatán: el mosquito “Aedes aegypti”. Sin duda en vacunación y prevención se ha dado un claro golpe de timón en la actual administración.

Otra medida acertada: tras el surgimiento del ébola y las voces que condenaron a México por no imitar a los Estados Unidos que negó la entrada a los congoleños, el doctor David Kershenobich fue preciso y dio una explicación clara, concisa y tranquilizadora de por qué la enfermedad no constituía un riesgo para México. El tiempo le dio la razón.

Se habla del gobierno que en este mundial de fútbol cumplió con éxito la capacidad para organizar y celebrar los eventos, enfrentó desafíos importantes en ocupación hotelera e impacto económico. Desgraciadamente hubo decesos por fallas en protección civil. También fue muy cuestionado por obras hechas a la carrera e inconclusas, o el dinero derrochado en CDMX con la “ajolotización”.

Es lamentable que no se haya hecho tan siquiera una referencia que dimensione el gran éxito de la campaña de vacunación que libró a Mexico de haber sido escenario de una catástrofe epidemiológica. Así con la medicina en los tiempos de la 4 T, en este caso: ¡palomita!— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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