El 19 de julio de 1979, la caída de Anastasio Somoza puso fin a una dinastía familiar que había gobernado Nicaragua durante más de cuatro décadas. Para varias generaciones de nicaragüenses, aquella revolución representaba recuperar la posibilidad de decidir quién ejercía el poder.
Cuarenta y siete años después, en esa misma fecha, Daniel Ortega eligió la conmemoración del triunfo sandinista para anunciar que en Nicaragua no volverá a haber elecciones.
Hay ironías que solo la historia puede construir: una revolución que nació prometiendo abrir el sistema político utilizó su aniversario para declarar que la alternancia ya no forma parte del futuro del país.
Sin embargo, la democracia nicaragüense no murió ese día. En 2021, los principales aspirantes opositores fueron encarcelados o forzados al exilio antes de la jornada electoral.
Lo novedoso no fue la decisión de dejar de disimular un proceso democrático.
Durante buena parte del siglo XX, incluso los regímenes autoritarios conservaron las urnas. La Unión Soviética organizaba elecciones. Saddam Hussein en Irak convocaba referendos. Las elecciones cumplían una función política aunque no fueran competitivas: mantenían viva la idea de que el poder seguía necesitando una forma de legitimarse.
La incertidumbre suele entenderse como un problema. Nadie desea incertidumbre en la economía, en la salud o en la seguridad. Sin embargo, las democracias hicieron algo inusual: convirtieron la incertidumbre en una institución. Quien gobierna sabe que existe la posibilidad de perder. Y esa posibilidad modifica la manera en que ejerce el poder. Obliga a negociar, a persuadir, a escuchar y, en el mejor de los casos, a aceptar que gobernar nunca es una condición permanente. El poder es prestado.
La declaración de Ortega no inaugura una nueva forma de autoritarismo. Revela que algunos gobiernos han dejado de considerar necesario justificar su permanencia.
Tal vez ese sea uno de los signos políticos de nuestro tiempo. En distintas latitudes, la incertidumbre comienza a verse como un defecto que debe corregirse y no como una condición que debe protegerse para que exista la democracia. Porque las elecciones no son valiosas únicamente por elegir gobernantes. Lo son porque recuerdan que ningún gobierno es definitivo.— Mérida, Yucatán.
Analista de política internacional
