Hay algo que está ocurriendo en Yucatán y que muchos comentan en privado, pero pocos se atreven a decir en voz alta.

Se escucha en las mesas familiares, en los cafés, en las reuniones empresariales, en los colegios de profesionistas y en los centros de trabajo. La conversación es prácticamente la misma: estamos en recesión económica. Las ventas han disminuido, el turismo ya no muestra el mismo dinamismo, las inversiones avanzan con lentitud, los inversionistas perdieron la confianza, tal vez, por la falta de continuidad en las políticas públicas que se implementaron en los gobiernos anteriores y como consecuencia, comienzan en cascada los recortes de personal en diversos sectores que hasta hace poco parecían sólidos.

No se trata de una percepción aislada. No es una afirmación solo basada en estadísticas, es una preocupación que se extiende por amplios sectores de la sociedad y que merece ser discutida con seriedad.

Durante más de una década, Yucatán logró construir una historia de éxito reconocida dentro y fuera del país, con una estrategia de crecimiento económico que logró trascender las diferencias partidistas. Los dos gobiernos estatales anteriores, pese a provenir de proyectos políticos distintos, mantuvieron una línea de continuidad en materia de desarrollo económico, atracción de inversiones y promoción turística. Existía una visión compartida sobre la importancia de promover al estado, atraer nuevos capitales y fortalecer la actividad productiva. Esa confianza permitió que muchos proyectos trascendieran más allá de intereses personales o grupales.

Este nuevo gobierno de Yucatán no ha desplegado una estrategia de promoción económica con la intensidad que exigen las circunstancias actuales y el turismo tiene una característica que no admite excepciones: ningún destino puede vivir permanentemente del prestigio pasado.

La pasada planificación financiera marcaba un rumbo. No era un modelo perfecto. Ningún gobierno lo es, pero había un proyecto y una organización que caminaba con solidez.

Esas acciones, generaron una estabilidad que nos mantenía en altas cifras de desarrollo económico nacional. Los inversionistas sabían hacia dónde iba el estado. Los empresarios encontraban interlocutores claros. El turismo recibía promoción permanente. Existía una visión de largo plazo que permitió que el estado se posicionara como uno de los destinos más atractivos para visitar, invertir e incluso para vivir.

Hoy la sensación es diferente. Muchos ciudadanos perciben que los objetivos y las acciones del nuevo ejecutivo estatal perdieron rumbo y que las decisiones fundamentales se toman sin una visión clara de largo plazo. La promoción turística pareciera haber dejado de ser una prioridad. La atracción de inversiones ha perdido el protagonismo. Y la interlocución entre gobierno y sectores productivos ya no parece tener la misma eficacia de otros años.

Sin embargo, la desaceleración que diversos sectores perciben no puede atribuirse a una sola causa, existen factores que merecen profundizar más.

Uno de ellos es la creciente concentración de recursos públicos y oportunidades económicas en las concesiones de las obras públicas y la falta de transparencia en la designación de las mismas, también los beneficios derivados del gasto gubernamental dejaron de distribuirse de una manera vertical entre los distintos sectores productivos y de servicios, ocasionando que la derrama económica no se disperse. El dinero finalmente queda en manos de pocos, la circulación queda restringida, los pequeños negocios venden menos y la economía comienza a perder dinamismo.

La preocupación aumenta cuando esta concentración coincide con una percepción de cerrazón hacia sectores que no forman parte de los grupos cercanos al poder político. Independientemente de que esa percepción sea total o parcialmente correcta, su sola existencia termina afectando nuestra confianza.

Cuando una parte importante de la obra pública deja de generar una amplia participación de empresas, proveedores y trabajadores locales, la derrama o distribución económica se reduce. Cuando los recursos públicos se concentran en pocos actores, el dinero deja de circular con la misma intensidad a favor de la economía de las familias de la región.

El resultado final es: una economía menos próspera.

Tampoco ayuda la falta de espacios para una discusión abierta sobre estos temas.

Vivimos tiempos en los que muchas personas prefieren guardar silencio. No porque no tengan opiniones, sino porque temen ser etiquetadas, descalificadas o malinterpretadas. Sin embargo, las sociedades que progresan son aquellas capaces de debatir sus problemas con libertad y madurez. Ninguna sociedad avanza cuando los problemas se discuten únicamente en voz baja.

La crítica responsable no debilita a los gobiernos; los fortalece.

Por ello resulta indispensable que el debate salga de los círculos privados y llegue a la esfera pública. No como un ejercicio de confrontación política, sino como una reflexión colectiva sobre el futuro del estado.

Los colegios de profesionistas, las universidades, las cámaras empresariales, los sindicatos de trabajadores, las organizaciones de la sociedad civil y los ciudadanos en general tienen mucho que aportar. El desarrollo económico no puede ser responsabilidad exclusiva de un gobierno. Debe ser una construcción compartida.

Porque al final los efectos de una recesión económica no recaen sobre los grandes grupos de poder sino sobre todos, especialmente la clase media trabajadora.

Sobre quienes tienen una pequeña empresa y luchan por mantenerla abierta.

Sobre quienes dependen de una nómina para sostener a sus familias.

Sobre los jóvenes, que buscan oportunidades laborales. Sobre los arrendadores, que cada día reciben menos inquilinos.

Sobre los profesionistas que ven disminuir las oportunidades de crecimiento.

Sobre los comerciantes, que observan cómo cada vez entra menos gente a sus negocios.

La clase media trabajadora ha sido históricamente el principal sostén de la estabilidad económica y social de Yucatán. Cuando ella prospera, prospera el estado. Cuando se debilita, las consecuencias terminan alcanzando a todos.

Por eso la discusión que hoy necesita Yucatán no es ideológica ni partidista. Es una discusión acerca de cómo lograr que la inversión genere oportunidades para muchos y no para unos cuantos. Urgen resultados medibles y palpables, no en los discursos ni en las notas generadas a modo por los secretarios encargados de las áreas torales de nuestra economía, sino en estrategias que nos muestren cómo recuperar una visión estratégica de desarrollo económico. Cómo fortalecer la promoción turística.

Cómo generar confianza y seguridad. Y lo más importante, que indiquen qué acciones nos llevarán a garantizar que la derrama económica llegue a quienes producen, invierten, trabajan y arriesgan su patrimonio todos los días.

Corregir el rumbo no es una derrota. Al contrario. Es una muestra de inteligencia y de responsabilidad.

Yucatán sigue conservando ventajas extraordinarias: seguridad pública, estabilidad social, ubicación estratégica, riqueza cultural, talento humano, infraestructura y una sociedad extraordinariamente trabajadora, activos de enorme valor.

Pero ninguna fortaleza es eterna si deja de cuidarse.

Por eso ha llegado el momento de abrir una conversación franca, respetuosa y valiente sobre el futuro económico del estado.

No para buscar culpables.

No para dividir.

Sino para recordar que cuando la riqueza se concentra, la economía se enfría; pero cuando las oportunidades se distribuyen, la sociedad prospera.

Las regiones que dejan de innovar terminan rezagándose. Los destinos que dejan de promoverse pierden competitividad. Las economías que concentran excesivamente sus beneficios terminan debilitando a quienes generan la mayor parte de su riqueza.

Yucatán hoy requiere de un gobierno que no solo administre lo que otros construyeron.

Gobernar significa tener la visión para dirigir, administrar para crecer, fortalecer y preparar el futuro. Requerimos que este gobierno valore si el equipo de trabajo que hoy tiene en sus manos las decisiones, es capaz de reconocer las señales de alerta y corregir el rumbo. El ejecutivo estatal deberá demostrar que tiene la voluntad firme para actuar antes de que la inercia del pasado deje de sostener el futuro de los yucatecos.

Porque el futuro económico del estado no pertenece a un gobierno, a un partido y mucho menos a un grupo en particular.

Nos pertenece a todos.

¿Tu como lo ves?— Mérida, Yucatán

Exdiputada

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán