Cuando no hay turno en la tarde en la escuela, cuando la cancha está a oscuras, cuando el único que te dice “vente, aquí sí eres bienvenido” y resulta ser el que te ofrece la droga, el cristal gana.
Y el bajón es cruel. Cuando se les pasa el efecto, no sienten culpa, sienten un vacío y una tristeza que no pueden explicar.
“En las solicitudes de ayuda que recibimos hay gente de todas las edades, desde mayores de 15 años, incluso personas de 30 y más, hasta niños de 10 a 12 años”.
Lo que sí nos ha devuelto a uno:
En Chicxulub, un grupo de padres hizo algo que no sale en los reportes. No llamaron primero a la patrulla.
Se juntaron en la cancha. Rolaron turnos para abrir la cancha de 7 a 11 de la noche con luz.
Un maestro jubilado empezó a dar clases de reparación de motores fuera de borda a las 6 de la tarde, justo a la hora en que antes se empezaban a juntar en la esquina.
No les preguntaba si consumían. Les preguntaba si querían aprender. Uno de ellos, llamémosle David, de 22, llevaba un año en el cristal.
Me dijo: “Yo no quería dejarlo por mucho que me gustara. Quería dejarlo porque mi hermanita ya me tenía miedo. Pero, no sabía cómo hacerlo”.
David no se curó en 28 días. Lleva 8 meses yendo al CAPA de Progreso con su mamá. Tiene recaídas. Hay días que no quiere levantarse.
No se quieren drogar para volar. Se quieren drogar para no sentir esa caída. Por eso no sirve gritarles cuando están intoxicados. En ese momento están paranoicos, con miedo.
Sirve esperar a que duerman, a que coman algo, y decirles: “Te extrañamos. Así no eres tú”.
Pero ahora su mamá tiene a quién hablarle —a la psicóloga, a otras dos mamás— y él tiene un lugar donde no lo tratan como “el cristalero del pueblo”, sino como David, el que sabe arreglar bombas de agua.
Esa es la diferencia entre castigar y acompañar.
Si lo estás viviendo en tu casa. No lo hagas solo. Y no lo hagas con vergüenza. Esto no es porque fallaste como padre, como abuela, como hermano.
1. Cuando no está drogado, habla de lo que ves, no de lo que es. No “eres un drogadicto”, sino “llevas tres noches sin dormir, estás flaquísimo, me da miedo perderte”.
2. Pon una regla clara con amor: “Aquí no se puede consumir ni vender, pero aquí siempre vamos a buscar ayuda juntos”.
3. No lo encierres a golpes en un anexo que no te deja verlo. El miedo no quita la adicción, la empeora. Busca lugares donde la familia pueda entrar. Además suelen ser lugares muy costosos.
4. Busca ayuda para ti también. Acompañar agota. Hablar con otras familias te sostiene. Si hoy no sabes a dónde ir, empieza por aquí, es gratuito y no te van a juzgar:
Línea de la Vida: 800 911 2000 – 24 horas, te escuchan y te dicen a qué centro ir en Yucatán.
Ningún muchacho de nuestros pueblos nació para terminar mirando la pared sin dormir por tres días. Todos tuvieron un momento en que eran el niño que llevaba la cubeta, el que metía goles, el que ayudaba a su abuela.
Si logramos que vuelva a sentirse parte de algo —de un equipo, de un taller, de una familia que no lo señala en la calle— le quitamos al cristal su mayor poder: el de hacerle creer que ya no pertenece a nadie.
No son “los adictos del pueblo”.
Son Mateo, Luis, David, son nuestros hijos. Y todavía estamos a tiempo de ir por ellos.
El reportaje de Central 9 de Hernán Casares Cámara del 4 de junio de 2023, fue el que destapó todo. Lo que tenemos en él, es oro molido, porque explica el origen además de todos los datos importantes sobre el problema.
Y lo más duro de todo esto, es que tres años después, el consumo no bajó, todo lo contrario, subió.
Estos datos producen miedo, temor y angustia. Pero, o enfrentamos la realidad a pecho abierto, o ella misma acabará con nosotros y con miles de nuestros amados jóvenes.— Progreso, Yucatán
Abogada y escritora
