“Vamos a mi departamento” —le propuso la hermosa Dulcibel a Babalucas. Y añadió luego en tono sugestivo: “Tengo cama de agua”. “Gracias —declinó la invitación el badulaque—. No tengo sed”.

Así como hay gobiernos, partidos y personas de izquierda y de derecha, también hay expresiones de derecha e izquierda. Expresión derechista es “No no no”, pues la gente de esa posición política se opone a todo cambio, con desdén absoluto para Heráclito. De izquierda, en cambio, es eso de decir “Saludo” por decir alabo, elogio, aplaudo. Yo no soy ni de derecha ni de izquierda, sino todo lo contrario y viceversa. ¿De derecha yo? Ni madre. Desde siempre he defendido la diversidad sexual; mi protesta contra las injusticias de que se ha hecho víctima a la mujer ha sido permanente; luché por la despenalización del aborto y por las uniones igualitarias.

¿De izquierda yo? Tampoco. Detesto la demagogia populista; el dogmatismo ideológico, tan peligroso y nocivo como el religioso; el caudillismo autoritario; el estatismo anulador de la persona; la hostilidad contra la libre empresa, cosas todas ésas propias de las doctrinas izquierdistas, las más de las cuales se conjugan ya en pretérito imperfecto.

Si alguna etiqueta me pusiera yo mismo sería la de liberal, no en el sentido fisiocrático del dejar hacer, dejar pasar, sino en el de libertad de pensamiento, palabra y obra.

Todo lo anteriormente dicho me sirve de premio para decir que saludo —o sea que aplaudo, alabo, elogio— a la Presidenta Sheinbaum por haber restablecido el trato diplomático entre México y Perú. Aprecio grandemente a esta nación hermana por tres motivos principales que enumero en orden de importancia, de menor a mayor. El primero: las “Tradiciones peruanas”, de don Ricardo Palma, cuya lectura me ha brindado tantos ratos de solaz y de instrucción.

El segundo: Santa Rosa de Lima, una de las más lindas flores del Año Cristiano, si es que en el santoral cabe la lindura.

El tercero, y principal: el pisco sour, bebida peruana que no tiene parigual en este mundo, y seguramente tampoco en el otro.

Confieso sin rubores que el pisco sour me causó una impresión mayor que Machu Picchu. Con él brindo, gozoso, por la reanudación de relaciones entre nuestro país y Perú.

Con él digo “¡Salud!”, y saludo a la Presidenta Sheinbaum por ese acierto político, diplomático y humano. (En orden de importancia, de menor a mayor).

Doña Gorgolota le anunció a su marido que lo iba a abandonar. Explicó: “Quiero disfrutar mi libertad”. “Pero, Gorgo —se consternó el señor—. Al pie del altar juraste que me ibas a querer toda la vida”. “Es cierto —admitió ella—. Pero no creí que ibas a vivir tanto”.

La mamá de Pepito le dijo a su marido: “¿Sabías que el vecino del 14 está en las últimas?”. Antes de que el señor pudiera contestar sugirió Pepito: “Llévenle a Menegilda”. Menegilda era la joven y guapetona mucama de la casa. “¿Por qué a Menegilda?” —se extrañó la señora—. Explicó Pepito: “Anoche oí que mi papá le dijo: ‘Me hiciste revivir, preciosa’”.

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