Hubo un tiempo en Mérida en que la banqueta era una extensión de la casa. Al caer la tarde, las puertas permanecían abiertas y las familias sacaban sus sillas para tomar fresco y conversar mientras el calor comenzaba a ceder. Los niños corrían de una casa a otra, jugaban bicicleta, escondidas o fútbol con porterías imaginarias. Las abuelas saludaban a quien pasaba. Los vecinos compartían noticias, un vaso de agua o una taza de café sin necesidad de ponerse de acuerdo. Nadie organizaba reuniones; simplemente, la vida ocurría ahí.
No era extraño que alguien terminara la noche sentado frente a una casa que ni siquiera era la suya. Tampoco hacía falta conocer el número de una vivienda. Bastaba decir: “La casa donde siempre hay gente sentada afuera”, y todos sabían cuál era. Aquellas conversaciones, que parecían no tener importancia, iban construyendo algo mucho más valioso que una simple amistad: construían confianza.
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