Nuestra relación con el tiempo es compleja. En la vida cotidiana, solemos sentir que las cosas van a seguir siendo como son hoy, aunque el presente sea muchas veces —¿siempre?— escurridizo. Pero muchas veces nos invade la nostalgia, la añoranza por un pasado que estimamos mejor; o nos asaltan las expectativas de un futuro diferente, un futuro en el que, cuando tengamos el trabajo deseado, el ingreso soñado, el cuerpo anhelado, las cosas finalmente serán mejor.

Hace casi cien años, a inicios de la década de 1930, el antropólogo Robert Redfield, quien realizó una investigación sobre Yucatán que sería muy influyente en las ciencias sociales de la época, anotó que este estado era como un laboratorio en el que podía estudiarse “en vivo” el proceso de evolución de la humanidad. Hasta entonces, los científicos indagaban la evolución de la humanidad en el tiempo: el paso de las sociedades sin escritura a las sociedades con escritura, sin Estado a con Estado, con derecho represivo a derecho restitutivo, politeístas y polígamas a monoteístas y monógamas, etcétera. Para Redfield, la evolución humana se podía observar en directo, en el espacio, en Yucatán, pues eran notables los cambios en la urbanización, secularización e individualización en diversas comunidades de la región.

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