Llegaron con bastones de mando, sahumerios, discursos sobre el pueblo y una promesa grandilocuente: refundar la justicia. Un año después, la “nueva” Suprema Corte celebra su aniversario proclamando que imparte justicia “real y verdadera”.
Pero detrás de la ceremonia, la retórica y la autocomplacencia aparece una realidad menos majestuosa. Una Corte nacida de una elección cuestionada, más lenta que su antecesora, menos transparente de lo que presume, atravesada por pleitos internos y todavía incapaz de demostrar lo esencial: su independencia.
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