CARLOS R. MENÉNDEZ LOSA (*)
Las imágenes hablan por sí solas. Una turba de fanáticos ingresa a la exresidencia presidencial de Los Pinos. Nada ni nadie se los impide. Su objetivo es decapitar la escultura de Felipe Calderón que permanece en el suelo, en la Calzada de los Presidentes, desde que un árbol la derribó en julio de 2025. En presencia de fuerzas del orden, logran sin problemas lo que se proponen.
Integrada por supuestos extrabajadores del sector energético inconformes por hechos registrados hace casi veinte años, la turba protesta por lo que minutos antes declaró Calderón Hinojosa en un hotel cercano. “El gobierno debe entender que es el crimen organizado, no la oposición, el mayor enemigo del pueblo”, advirtió el exmandatario panista en el Foro América Libre.
La condena es casi unánime. Incluso la presidenta Claudia Sheinbaum reprueba los hechos, aunque aclara que “es muy entendible” la inconformidad de los autores de la “decapitación”. Calderón, villano favorito del régimen, alerta de un ambiente de intolerancia y polarización en el país ocasionado por el gobierno federal, de “un deterioro acelerado de la vida democrática” (bit.ly/4AU9FxV).
“La estatua dice muy poco de mí, pero dice muchísimo de quiénes son ellos, unos miserables”, declara el expresidente. Con amplia difusión en las “benditas redes sociales”, advierte sobre un peligro que trasciende el agravio personal: la generalización de la idea de que quien rompe la ley, quien violenta, agrede o insulta puede hacerlo sin pagar las consecuencias de sus actos.
El régimen luce nervioso. La crisis económica se acentúa, el financiamiento para el clientelismo se agota, las acusaciones de narcopolítica aumentan y las encuestas rumbo a las elecciones de 2027 indican una caída en los niveles de popularidad. Exacerbar los ánimos y enconar aún más a la población parecen la ruta a seguir. La maquinaria de manipulación se fortalece.
En las “mañaneras” de Palacio Nacional se recrudecen los ataques a la crítica independiente. Aumentan los llamados a defender la soberanía y condenar el “injerencismo” de Donald Trump, y se reviven antiguos agravios que se atribuyen a los presidentes “neoliberales”, de De la Madrid a Peña Nieto. De nuevo la falta de autocrítica y la cínica búsqueda de culpables en el pasado.
Trasciende que Estados Unidos ya tendría en la mira los supuestos vínculos de “Andy” López Beltrán con el huachicol y el crimen organizado. Las pesquisas se acercan al círculo cercano del hijo de AMLO, comenzando con los escándalos en Europa del proveedor consentido Amílcar Olán. El Departamento del Tesoro anuncia sanciones a polémicos personajes del obradorismo.
El régimen se indigna; Claudia Sheinbaum intenta desmentir las acusaciones, culpa de todo a sus adversarios, pero las revelaciones continúan: cada día surgen nuevos indicios de millonarios desvíos en el seno del obradorato (bit.ly/3W6MX5t). La presión agobia. El expresidente López Obrador sale de nuevo del “retiro político”; despotrica contra críticos y supuestos “enemigos del pueblo”.
SIN FRENOS
El obradorismo avanza desde 2018 sin freno aparente. A sus genuinas victorias electorales se suman los beneficios materiales que han recibido millones de mexicanos, la efectiva narrativa polarizadora, el debilitamiento progresivo de los contrapesos democráticos y el fracaso de la oposición para ofrecer una alternativa que atraiga a la creciente población de desencantados.
Pero nada es eterno. Ninguna narrativa sustituye indefinidamente el desempeño del gobierno. La falta de crecimiento, la informalidad, la caída real en el poder adquisitivo de millones, la inseguridad, los ineficientes servicios de salud y educación, la insuficiente infraestructura y la deuda pública creciente tarde o temprano pasan su factura. Por eso el régimen luce nervioso.
Ante la falta de resultados, lo que queda es la polarización, y la ciudadanía tendría que estar consciente de los riesgos. La democracia implica desacuerdos, pero también acuerdos. Importa la voluntad de las mayorías, pero también la de las minorías. El régimen le apuesta a la división, a la falta de consensos, a un ciudadano incapaz de cambiar el rumbo cuando sea necesario.
En ruta a las elecciones de 2027, con el creciente encono fomentado desde el obradorismo, la llamada de atención se dirige de nuevo a la sociedad organizada y a los partidos de oposición capaces de ser verdadero contrapeso. Una oposición que pueda convencer, en vez de limitarse a denunciar; que ofrezca conservar lo que se ha ganado y eliminar lo que frena el desarrollo real.
México necesita una oposición congruente, decidida a enfrentar desviaciones en su propio seno, como las que ha denunciado en Yucatán, en los últimos días, el exalcalde Renán Barrera (bit.ly/3TGXzHr). Señalamientos que con tibieza intentan rebatir dirigentes de su partido, que no estarían tomando con suficiente seriedad las advertencias sobre un arrollador fortalecimiento del obradorismo.
Nuestra democracia requiere de una ciudadanía independiente y de una oposición que proponga y deje en evidencia la farsa en torno a las redes de complicidad que, disfrazadas de defensoras del pueblo, giran en torno al llamado Grupo Tabasco y al denominado gobierno paralelo que contribuiría a mantener al obradorato en el poder en Yucatán. Urgen valor y congruencia.
La creciente polarización no es fortuita; el régimen no se da por vencido. Una democracia puede erosionarse sin que desaparezca el respaldo popular al gobierno, y en esa dirección parece avanzar México. Que se considere normal agredir al adversario es una peligrosa señal de deterioro. No abramos la puerta a una decapitación democrática.— Mérida, Yucatán
direcciongeneral@grupomegamedia.mx / Apartado especial en el sitio web del Diario: yucatan.com.mx (https://bit.ly/4diiiFP)
(*) Director general de Grupo Megamedia
¿Cuál es el mensaje del texto?
El mensaje central es que la polarización política deja de ser solamente una estrategia electoral cuando consigue que una sociedad vea como normal agredir, descalificar o excluir a quien piensa distinto; en ese momento comienza a convertirse en una amenaza para la democracia.
El texto sostiene que el obradorismo ha logrado mantenerse y avanzar gracias a una combinación de respaldo electoral genuino, beneficios sociales, una narrativa eficaz, debilitamiento de contrapesos y una oposición incapaz de ofrecer una alternativa suficientemente atractiva. Pero plantea que, ante el desgaste provocado por problemas económicos, inseguridad, deficiencias gubernamentales y señalamientos de corrupción, la confrontación y el encono pueden resultar políticamente útiles para conservar adhesiones y dividir a la sociedad.
Por eso, el llamado final no es únicamente a la oposición, sino también a los ciudadanos: la defensa democrática exige contrapesos, una oposición congruente y propositiva, respeto a las minorías, capacidad para cambiar de opinión y rechazo a la violencia política, venga de donde venga. La estatua decapitada de Calderón funciona como metáfora: el verdadero peligro no es lo ocurrido con una escultura, sino permitir que la intolerancia termine por “decapitar” las reglas de convivencia democrática.
