Hace unos días, la presidenta Claudia Sheinbaum puso sobre la mesa una pregunta que comienza a preocupar en México, como ya ocurre en otras sociedades: ¿por qué los jóvenes ya no quieren tener hijos?
Podemos hacer estudios sociológicos, levantar encuestas y construir análisis demográficos que intenten explicar los cambios en los valores, las prioridades y las formas de vida de las nuevas generaciones. Todo ello, sin duda, puede aportarnos información valiosa. Pero antes de buscar respuestas en esos análisis, quizá deberíamos detenernos a mirar la realidad económica que enfrentan los jóvenes todos los días. Y antes de preguntarles por qué no quieren tener hijos, quizá deberíamos mirar el mundo desde su lugar y preguntarnos cuánto cuesta hoy tenerlos.
Durante generaciones, tener hijos formó parte de ese camino que parecía natural al momento de construir una vida en familia. Dos personas se conocían, se casaban o decidían vivir juntas, buscaban una casa y, cuando las condiciones lo permitían, llegaban los hijos.
Techo y estabilidad
La casa no era solamente un techo; representaba estabilidad, patrimonio y el punto de partida para construir una familia. Hoy ese camino se ha vuelto mucho más difícil. Para una parte importante de los jóvenes, comprar una vivienda parece cada vez más lejano. El precio de las casas, el enganche, las tasas de interés y los niveles de ingreso han ampliado la brecha entre lo que un joven puede pagar y lo que necesita para adquirir un hogar. Y cuando una pareja no sabe siquiera si podrá comprar una casa, si podrá pagar una renta sin comprometer una parte importante de sus ingresos o si tendrá que permanecer durante años en casa de sus padres, resulta inevitable preguntarse si, además de construir su propia vida, podrá asumir el costo de construir la vida de alguien más.
Además no solo es la preocupación por la vivienda, porque después de la casa viene todo lo demás. Un hijo necesita alimentación, ropa, medicinas, consultas médicas, vacunas, y después llegan las colegiaturas, los uniformes, los cursos extraescolares, el deporte, los libros, el transporte, los gastos inesperados y todas esas cosas que, al sumarse, terminan representando una parte importante del ingreso familiar.
El factor tiempo
Y todavía hay algo más difícil de conseguir: el tiempo para una persona más en la familia. Porque un hijo necesita que alguien lo lleve a la escuela y lo recoja, lo ayude con las tareas, que esté con él cuando se enferma, que lo cuide cuando no hay clases y que esté presente durante las vacaciones escolares. Pero, ¿cómo se hace todo eso cuando los dos padres tienen que trabajar?
Una familia no necesita únicamente ingresos para criar a un hijo; necesita también tiempo, apoyo y la posibilidad de estar presente. Y cuando las redes de cuidado son insuficientes, las jornadas laborales son largas y los empleos ofrecen poca flexibilidad, una parte importante de esa responsabilidad termina recayendo directamente sobre la familia, y muchas veces sobre las mujeres.
Contradicción
¡Qué contradictorio! Durante décadas luchamos para que las mujeres pudieran estudiar, trabajar, ser independientes y desarrollar plenamente sus capacidades, y ese ha sido, sin duda, uno de los grandes avances sociales de nuestra época. Pero todavía no hemos construido con la misma velocidad las condiciones que permitan que una mujer pueda hacer todo eso y, al mismo tiempo, ser madre sin que la maternidad tenga un costo profesional, económico y emocional desproporcionado.
Porque no basta con decir que las mujeres pueden trabajar; tenemos que preguntarnos qué sucede cuando tienen hijos. ¿Pueden ausentarse cuando un niño se enferma sin poner en riesgo su empleo? ¿Existe una guardería accesible y con horarios compatibles con su jornada laboral? ¿Pueden pagarla? ¿Quién se hace cargo cuando no hay clases? Todas esas preguntas forman parte de la decisión de tener un hijo, aunque rara vez aparezcan cuando hablamos de las estadísticas de fecundidad.
Y lo mismo ocurre con los hombres. Ellos también enfrentan las dificultades de conciliar el trabajo con la vida familiar, de encontrar tiempo para estar presentes y de asumir, junto con su pareja, las responsabilidades económicas y de cuidado que implica tener un hijo. Ya no estamos hablando solamente de querer o no querer hijos. Estamos hablando de poder.
Por eso me parece injusto pensar que estamos frente a una generación que simplemente dejó de valorar a la familia. Tal vez estamos frente a una generación que se ha dado cuenta del enorme precio que implica tener hijos. Una generación que observa el mundo, hace cuentas y piensa dos veces antes de tomar una decisión que cambiará para siempre su vida. Y, desde esa perspectiva, ¿realmente debería sorprendernos que tengan dudas?
Esperanza y compromiso
Un hijo es amor, pero también responsabilidad. Es esperanza, pero también compromiso. Es una de las experiencias más extraordinarias que puede vivir una persona, pero implica durante muchos años destinar una parte importante de los ingresos familiares a alguien que depende completamente de nosotros. No podemos pedirles a los jóvenes que ignoren esa realidad en nombre de una idea romántica de la familia. El amor es indispensable para criar a un hijo, pero el amor, por sí solo, no paga una renta, no compra una casa, no cubre una colegiatura ni responde ante una emergencia médica.
Y aquí está la parte que más debería dolernos como sociedad. Hemos llegado a un punto en el que tener hijos se ha convertido en el nuevo lujo. No porque los hijos sean un lujo, sino porque las condiciones económicas necesarias para criarlos dignamente están fuera del alcance de muchas parejas jóvenes.
¿Qué mundo les ofrecemos?
Señora Presidenta, si queremos entender por qué los jóvenes tienen cada vez menos hijos, quizá primero tenemos que mirar el mundo que les estamos ofreciendo. Porque no podemos hablar de natalidad sin hablar de vivienda; no podemos hablar de maternidad sin hablar de empleo y cuidados; no podemos hablar de paternidad sin hablar de salarios; ni podemos hablar de niños sin hablar de educación, salud y tiempo.
Y quizá, después de mirar todo esto, la pregunta que deberíamos hacernos ya no sea por qué los jóvenes no quieren tener hijos, sino qué estamos haciendo para que formar una familia vuelva a ser un proyecto posible y no un lujo reservado para quienes pueden pagarlo.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.co m
@kookayfinanzas
Profesora universitaria y consultora financiera
