Nuevamente se acercan las elecciones para diputados federales y considero fundamental que desde ahora, reflexionemos sobre el rumbo del país que queremos respaldar al acudir a las urnas en las elecciones del próximo 6 de junio de 2027.
Como diría una buena amiga: este no es un asunto menor.
Para muchos ciudadanos, la elección de diputados parece ser la menos importante.
Hay quienes ni siquiera conocen el nombre de quien los representa en la Cámara.
Simplemente marcan en la boleta al partido de siempre, por costumbre, tradición familiar, simpatía partidista o quizá con la misma resignación con la que se sigue una religión heredada.
Pero hemos olvidado algo fundamental:
Un diputado federal sí importa. Y mucho.
En una República federal como la nuestra, elegimos a quienes habrá de representarnos en el Congreso de la Unión.
Ahí se discuten y aprueban leyes y reformas constitucionales y se decide, entre otras cosas, el Presupuesto de Egresos de la Federación: es decir, hacia dónde se dirige una parte fundamental del dinero público que proviene de los impuestos que todos pagamos.
Por eso un diputado no está ahí simplemente para ocupar una curul.
Tampoco debería convertirse en un simple levanta dedos a las órdenes de su partido.
Está ahí para estudiar, cuestionar, proponer y decidir.
Está ahí para representar a los ciudadanos.
Y las decisiones que tome pueden tener consecuencias mucho más allá de los tres años que dura su encargo.
Por eso considero que todavía estamos a tiempo de empezar a observar.
Los partidos ya están moviendo sus piezas. Los grupos políticos están construyendo alianzas, buscando posiciones y preparando a quienes quieren colocar en las boletas.
La ciudadanía debería hacer exactamente lo mismo: observar y preguntarse:
¿Quiénes están impulsando determinadas candidaturas?
¿Qué trayectoria tienen quienes aspiran a representarnos?
¿Qué han hecho antes?
¿Qué intereses los rodean?
¿Qué preparación tienen?
¿Qué principios han demostrado?
Y, sobre todo ¿qué tan independientes serán frente a su propio partido?
Porque hay una pregunta que deberíamos hacernos antes de entregar nuestro voto:
¿Será capaz de decirle que no a su propio partido cuando considere que algo perjudica al país?
No se trata de buscar candidatos perfectos. No existen.
Se trata de conocer a quienes pretenden representarnos y de no entregar nuestra voz a ciegas.
Y esto adquiere especial importancia cuando hablamos de las instituciones.
En los últimos años hemos visto transformaciones profundas en distintas instituciones del Estado mexicano, entre ellas el Poder Judicial, los organismos autónomos, el sistema electoral, los mecanismos de transparencia y fiscalización y las estructuras de seguridad y procuración de justicia.
No todo cambio institucional es necesariamente negativo. Las instituciones también deben evolucionar.
Pero hay una pregunta que ningún ciudadano debería dejar de hacerse:
¿Estos cambios fortalecen los contrapesos o concentran el poder?
Porque una democracia no depende únicamente de que existan elecciones.
También necesita instituciones independientes capaces de poner límites a quienes gobiernan.
Y muchas de esas transformaciones pasan por el Congreso.
Por eso elegir diputados no es un trámite menor.
Ellos participan en decisiones que pueden modificar las reglas con las que funciona nuestro país y las instituciones que después nosotros mismos reclamamos cuando fallan.
Pero aquí quiero detenerme en algo que considero todavía más importante.
Es muy fácil culpar a los partidos.
Es fácil culpar a los políticos.
Es fácil decir que ellos son responsables de todo lo que ocurre.
Pero hay una pregunta más incómoda:
¿Qué responsabilidad tenemos nosotros en lo que hemos permitido construir?
Los partidos no votan solos.
Los diputados no llegan solos al Congreso.
Nosotros los elegimos.
Durante demasiado tiempo hemos dejado la política en manos de otros. Hemos votado por costumbre, por tradición, por miedo, por conveniencia o simplemente porque “siempre hemos votado por los mismos”.
Después nos quejamos de los resultados.
Creo que ya es tiempo de hacer algo diferente.
No para culparnos.
Para asumir nuestra responsabilidad.
Una ciudadanía responsable no tiene que pertenecer a un partido ni pensar igual que los demás.
Tiene que informarse.
Tiene que preguntar.
Tiene que investigar.
Tiene que disentir cuando sea necesario.
Y tiene que perderle el miedo al poder.
Tenemos derecho a decirle a un partido:
“Este candidato no me representa”.
Y tenemos derecho a decirle a un diputado:
“Yo voté por usted. Ahora quiero saber qué hizo con mi voto”.
La responsabilidad ciudadana tampoco termina el día de la elección.
Ahí comienza otra.
Tenemos que observar qué hacen quienes elegimos. Exigir cuentas. Preguntar.
Señalar. Reconocer cuando hacen bien su trabajo y cuestionar cuando consideremos que no cumplen con la responsabilidad que recibieron.
Sin miedo. Sin importar quién gobierne. Sin importar de qué partido se trate.
Porque una democracia madura no necesita ciudadanos que obedezcan a un caudillo.
Necesita ciudadanos capaces de mirar al poder de frente.
Quizá ese sea el verdadero desafío de 2027.
No solamente decidir quién ocupará una curul.
Sino demostrar que hemos entendido que nuestro voto no es una costumbre ni una herencia partidista. Es nuestra voz.
Y cuando entregamos esa voz, tenemos la obligación de vigilar qué hacen con ella.
No necesitamos esperar salvadores.
Necesitamos ciudadanos.
Ciudadanos informados, libres, capaces de disentir y organizados para defender aquello que consideren importante.
Porque ningún partido, ningún grupo, ninguna familia y ningún líder debe estar por encima de las instituciones.
Las instituciones no pertenecen a quienes gobiernan.
Nos pertenecen a todos.
Y quizá esa sea la tarea que todavía tenemos pendiente como nación: terminar de institucionalizar el poder.
Porque los caudillos crecen donde los ciudadanos callan.
Y una democracia se fortalece cuando los ciudadanos deciden no callar.
¿Tú cómo lo ves?— Mérida, Yucatán
Exdiputada
