Recuerdo aquel momento doloroso. Habían pasado apenas 45 días desde el nacimiento de mi hijo y había llegado la hora de regresar al trabajo. Cuarenta y cinco días que podían parecer suficientes en el calendario, pero que para el corazón de una madre que acaba de descubrir una nueva forma de amor resultaban demasiado pocos. Mi bebé era tan pequeño, apenas comenzaba a entender sus gestos y su forma de comunicarse, cuando ya tenía que separarme de él. ¿Cómo salir de casa sin sentir que una parte de mí se quedaba ahí? ¿Cómo alejarme de ese pequeño ser humano que dependía completamente de mí y que se había convertido en mi tesoro más grande?
No era que no quisiera volver a trabajar. Había estudiado, me había preparado y había construido una trayectoria profesional que formaba parte de mis sueños, pero también quería ser la madre que mi hijo necesitaba. No quería renunciar a una parte de mi vida para cumplir con la otra; solo quería encontrar la manera de que ambas cosas pudieran coexistir.
Desde antes del nacimiento de mi hijo, me angustiaba pensar quién lo cuidaría cuando terminara mi licencia de maternidad y llegara el momento de regresar al trabajo. ¿Con quién podía dejarlo? ¿Quién estaría pendiente de él, de sus necesidades, de su llanto, de su alimentación y de su seguridad? Esta es una de las mayores preocupaciones que enfrentamos las madres cuando llega el momento de regresar al trabajo.
Para algunas familias, contar con los abuelos u otros familiares que puedan cuidar al bebé hace más llevadera esa transición. Para otras, contratar a una persona que lo atienda en casa es una alternativa, pero su costo está fuera del alcance de muchos hogares. Es ahí donde las guarderías adquieren una gran importancia. Porque no son simplemente lugares donde las madres dejan a sus hijos mientras trabajan, sino son espacios de cuidado que hacen posible que miles de mujeres continúen con su vida laboral.
Para muchas madres, una guardería representa la diferencia entre conservar su empleo y renunciar a él; entre mantener el ingreso familiar y enfrentar una reducción de sus posibilidades económicas; entre continuar una carrera profesional o interrumpirla en una etapa en la que cada oportunidad cuenta. Cuando desaparece una alternativa de cuidado, no desaparece la necesidad que esa alternativa atendía. La necesidad permanece, y son las familias, particularmente las mujeres, quienes deben encontrar cómo resolverla, muchas veces a costa de su tiempo, sus ingresos, sus aspiraciones y su tranquilidad.
Por eso preocupa el riesgo de cierre de las guarderías subrogadas del IMSS en nuestro país. Detrás de cada espacio que pudiera cerrar hay una familia y una madre que tendrá que enfrentar nuevamente la angustia de encontrar un lugar seguro donde dejar a su hijo. Algunas encontrarán otra alternativa; otras quizá tendrán que reorganizar sus horarios, pedir ayuda, renunciar a mejores oportunidades laborales o, incluso, abandonar su empleo.
A primera vista, podría parecer un problema individual, una dificultad que cada familia debe resolver por su cuenta. Sin embargo, sus consecuencias van mucho más allá de los hogares directamente afectados. Cuando una madre se ve obligada a dejar su empleo por no tener quién cuide a sus hijos, la familia pierde ingresos, las empresas pueden perder talento y la economía desaprovecha la experiencia, las capacidades y la productividad de mujeres que han tenido que interrumpir su trayectoria profesional por falta de alternativas para el cuidado infantil.
Además, detrás de cada guardería hay educadoras, enfermeras, cocineras, personal de limpieza y trabajadores de apoyo cuyo sustento depende de que el servicio continúe operando. Cerrar una guardería significa dejar a una madre sin un lugar donde cuidar a su hijo, pero también puede significar dejar sin empleo a quienes han dedicado su vida a cuidar a los hijos de otras personas.
Si hay aspectos de las guarderías subrogadas que deban corregirse, hay que atenderlos. Si las condiciones económicas han cambiado y las cuotas ya no permiten cubrir adecuadamente los costos de operación, es necesario revisar el esquema. La responsabilidad pública exige garantizar servicios seguros, de calidad y financieramente sostenibles. Pero también exige entender que aquello que necesita corregirse no necesariamente debe desaparecer; muchas veces, la solución está en fortalecerlo y mejorarlo.
Aclaro que no se trata de oponerse a la creación de nuevas alternativas. Que el IMSS impulse la creación de los nuevos Centros de Educación y Cuidado Infantil (CECI), puede representar una oportunidad para ampliar la cobertura y fortalecer la atención a la primera infancia. No obstante, ningún nuevo proyecto institucional debería dejar a las familias en el vacío.
Cualquier transformación en los sistemas de cuidado infantil debe ser gradual, planeada y responsable. Los nuevos centros pueden incorporarse conforme estén en condiciones de operar y cuenten con la capacidad necesaria para atender a la población infantil. La cobertura, la calidad y la seguridad deben evaluarse antes de tomar decisiones que reduzcan la oferta existente. Antes de cerrar una puerta, la siguiente debe estar abierta, equipada, atendida por personal capacitado y contar con capacidad suficiente para recibir a los niños que necesitan ese servicio. Porque las madres no pueden poner sus empleos en pausa mientras las instituciones experimentan o resuelven diferencias administrativas.
Las mujeres que trabajamos contribuimos a la economía del país y tenemos derecho a exigir guarderías dignas, seguras, accesibles y de calidad. No pedimos un privilegio ni un favor de las instituciones; exigimos que se garantice una prestación que forma parte de nuestros derechos. Cada quincena, una parte de nuestro salario se destina a la seguridad social, y es legítimo esperar que esa contribución se traduzca en protección y servicios para nuestras familias. El cuidado de nuestros hijos no puede depender de decisiones administrativas ni convertirse en una carga que cada madre deba resolver por su cuenta.
Las madres trabajadoras merecemos la tranquilidad de saber que nuestros hijos están seguros mientras trabajamos, así como la oportunidad de seguir creciendo profesionalmente, sin que la maternidad se convierta en una desventaja económica, en una larga pausa o en el fin de nuestra trayectoria profesional.
Por eso, defender las guarderías es defender mucho más que un servicio: es defender la posibilidad de que una madre pueda abrazar a sus hijos al terminar su jornada y volver, al día siguiente, a construir su futuro.— Mérida, Yucatán
Profesora universitaria y consultora financiera
