“Algún día el yunque, cansado de ser yunque, pasará a ser martillo.— Mijaíl Bakunin

En la ciudad de México, el 26 de noviembre de 1964, un grupo de médicos residentes e internos del Hospital 20 de Noviembre del Issste inició una serie de protestas al enterarse que no recibirían el pago de su aguinaldo. Unos días antes, el director del hospital, el Dr. José Ángel Gutiérrez lo confirmó con el argumento que, por ser becarios no eran asalariados como los trabajadores del instituto, sino que percibían becas y no un salario, por lo tanto, no eran trabajadores del Estado, como se les había hecho creer, y sin derecho al aguinaldo. La respuesta inmediata al movimiento fue el despido de 206 médicos. Durante cerca de un año se unieron doctores de los demás hospitales en un paro parcial, garantizando únicamente el servicio de urgencias. Más de 248 sociedades médicas se agruparon entonces en la Alianza de Médicos Mexicanos, su lema: “Por la salud del pueblo, la unidad médica y el progreso de la medicina en México”.

Con pulso quirúrgico, primero, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz utilizó a los cuerpos de seguridad e inteligencia para vigilar e infiltrar las asambleas. Al discurso oficial para menospreciar el movimiento siguió una sostenida represión, por momentos brutal, con despidos masivos, detenciones y una que otra desaparición. Se ha reconocido que, esta llamada “rebelión de las batas blancas” fue un precedente fundamental del movimiento estudiantil de 1968. Por otra parte a partir del año 2003, con la apertura de los archivos del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) se recabaron pruebas documentadas de cómo agentes del Estado instigaron, orquestaron y fomentaron el descontento en los acontecimientos, y cuánta información estaba en manos del Estado mexicano.

Desde entonces quedó claro la gran fuerza que tiene el gremio médico, no solo para concientizar a la sociedad, también para ser líderes cuando el descontento emerge.

En febrero del 2020 en vísperas de la llegada de la pandemia, la inseguridad golpeaba inmisericorde a los médicos. Pasantes de medicina secuestrados, asesinados, doctoras violadas; un hecho sacudió a la sociedad: Tres estudiantes de medicina y un chofer de Uber fueron asesinados; tan solo unos días antes, médicos residentes del Hospital de la Mujer se sumaron a la ola de denuncias y protestas contra el desabasto de medicamentos e insumos. El nefasto de López Gatell informó que el problema era porque a los proveedores se les debían 86 millones de pesos, que ya se iba a resolver, agradeció la denuncia de los “valientes residentes” y para no desentonar, culpó a las administraciones anteriores.

Desde entonces quedó claro que la falta de insumos y medicamentos no solo repercutía en la mala atención de los pacientes, sino iba en detrimento en la formación de los médicos. Las protestas escalaron hasta conformar el movimiento: “Ni una bata menos”. El pésimo manejo de la contingencia sanitaria alejó momentáneamente los reflectores para enfocarlos a la triste realidad de dejar a México en el primer lugar mundial con más defunciones del personal sanitario.

Antes de 2018, y lo digo porque fui médico adscrito del IMSS, con todo los adjetivos descalificativos que quieran, teníamos un sistema de salud deficiente, pero perfectible. En mis casi 40 años en la profesión, nunca escuché a nadie pedir que tuviéramos un sistema de salud como el de Dinamarca. Han pasado ocho años de la llegada de la 4T. Sí, ocho años en donde el deterioro de nuestros servicios institucionales de salud está tocando fondo.

La desaparición del Seguro Popular, la creación y extinción del Insabi para sustituirlo con el IMSS Bienestar, el deplorable manejo de la pandemia, el desabasto de insumos y medicamentos aunado a pésimas decisiones como duplicar la plantilla de residentes, contratar médicos extranjeros, dejar de producir vacunas, ha ocasionado, en palabras del Dr. Julio Frenk, un retroceso de por lo menos unos cuarenta años en la gestión de la salud pública. El problema es que lejos de solucionarlo, tal pareciera que son incapaces de reconocerlo e intentar un golpe de timón. En la gestión actual ha habido amagos con el Dr. David Kersenobich, buenos números en inmunizaciones, esfuerzos repetitivos de lograr el abasto de medicamentos, increíblemente frustrados por corruptelas de integrantes afines al poder.

La paciencia va agotándose, cuando por increíble que pareciera el discurso oficial es seguir diciendo que “todo va bien”, y en realidad, insistir en un plan de cobertura universal de la salud, que lo único que tiene de universal es el caos generado en los 24 estados donde se ha firmado el convenio del IMSS Bienestar y la Federación con un esquema centralista, que continúa tomando, no solo malas decisiones, sino extendiendo los problemas al IMSS, al Issste y lo que queda de la SSA.

Un reportero señaló en una mañanera a la presidenta el número creciente de protestas a lo largo del país; la primera mandataria atajó de inmediato: “No, no es en todo el país”; en efecto ahí le di la razón, es casualmente en la mayoría de los estados afiliados al IMSS Bienestar, pero recientemente de los ocho estados en donde no hay este régimen, se han presentado serios problemas sobre todo en el IMSS con muertes neonatales en Durango y Jalisco. Tal pareciera que están tapando las deficiencias del IMSS Bienestar descobijando al IMSS.

Todos los días es avasallador el número de testimonios gráficos de la falta de insumos y medicamentos, aún en flamantes hospitales recién inaugurados, instalaciones que literal se caen a pedazos, sin aire acondicionado, elevadores descompuestos, salas de urgencias saturadas y una inaceptable sobrecarga laboral.

¿Hasta dónde se va a llegar? Últimamente a las protestas exigiendo acabar con el desabasto de medicamentos e insumos escalaron, agregándose exigencias salariales: aumentos o cuando menos cumplir con promesas de contratación. El descontento creciendo. ¡Y que no me vengan con que antes estábamos peor!

Un ejercicio muy simple: no me pregunten a mí, jubilado desde hace diez años, ni a un trabajador de reciente ingreso; todos tenemos un amigo o un familiar que es trabajador del IMSS, del Issste o de la SSA, con unos veinte años de antigüedad, que le pregunten cómo estaban al principio y cómo están ahora. El fondo se avizora cada vez más cerca, con una caída estrepitosa. Tal vez no desaparezca el nombre del IMSS Bienestar, pero es insostenible seguir con esta centralización que va directo al fracaso. Devolver la soberanía a los estados en la gestión de salud y separar claramente al IMSS que es una entidad tripartita, al Issste que es para los trabajadores del Estado, para empezar, sería una decisión no solo necesaria, sino francamente de salvataje. Estamos ante la nueva versión de “la rebelión de las batas blancas”, no espero una represión como la de Díaz Ordaz, pero seguir apostando a un gobierno omiso en donde la indiferencia y la indulgencia predomine es una pésima decisión.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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