El fallecimiento del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas fue ocasión para que nuevamente López Obrador mostrara su mezquindad, su egomanía y su absoluta falta de calidad humana.
En el escueto mensaje dirigido a los familiares y amigos del destacado personaje lo presentó como un simple antecesor del movimiento de transformación del cual él habría sido el verdadero autor. Falacia mayor que ésa será difícil encontrar.
El ingeniero Cárdenas fue un verdadero demócrata; López ha sido un destructor de la democracia, instaurador de un nocivo régimen de caudillismo populista y autocrático que ha llevado a México a la ruina.
Afirma el proverbio popular que cuando a dos se les compara uno de los dos repara. Imposible comparar a AMLO con Cuauhtémoc Cárdenas. La mera comparación sería ofensiva para el fallecido. Podemos, sí, equiparar sus respectivas actitudes en el campo de la política.
Cuauhtémoc Cárdenas abogaba por la democracia, la pluralidad, el diálogo. López hizo retroceder al país a los peores tiempos de la hegemonía priista; anuló el ejercicio democrático y creó una grotesca corte de la cual él es monarca, y todos los demás —y las demás— vasallos y vasallas obsecuentes.
La Historia, señora justiciera, tiene reservado un sitio para ambos personajes. El de Cuauhtémoc Cárdenas, sitial de honor; el de López, lugar de execración.
De nada le servirán entonces a cacique sus mascotas ni sus ruines contlapaches, que de seguro lo abandonarán como hicieron otros que se dieron cuenta, aunque tardíamente y ya desprestigiados, de que andaban en concilio de malos y saltaron ya del barco.
Aquí suspendo el comentario. No digo más porque me expongo a decir de más. Mejor tomo otro derrotero.
Dulcibel, chica avispada y pizpireta, se desesperaba por la inacción de su novio Fredesvindo. Un día el omiso muchacho le dijo, temeroso y apocado: “Anoche soñé que te hacía el amor”. Acotó Dulcibel: “Eso demuestra que eres menos pen… dormido que despierto”.
