Uno de los temas sobre el que me profesionalicé y del que, sin temor a falsas modestias, puedo asegurar soy pionera en Yucatán, es el de la perspectiva de género. Desde 1985, a partir de mi maestría, apliqué esta perspectiva en la docencia y en la investigación en la Universidad Autónoma de Yucatán, posteriormente en el diseño de políticas públicas siendo directora del Instituto para la Equidad de Género de Yucatán (2007- 2012). En el transcurso de casi cuatro décadas, escribí innumerables libros, artículos y ponencias sobre la perspectiva de género, sin embargo, la evidente tergiversación sobre este concepto me lleva de nuevo a hablar sobre el mismo.

En esta ocasión intento dar respuestas a una pregunta: ¿son producto de la misoginia o violencia de género, las acusaciones hechas a Guadalupe Taddei sobre corrupción y conflicto de intereses, al conceder contratos millonarios a una persona cercana a ella y a su hijo? Lo anterior viene al caso ante lo señalado por la Presidenta durante una “mañanera”. Mencionó que fue adecuada la renuncia de la susodicha y la solicitud de investigaciones sobre el manejo de recursos del INE, pero no los señalamientos sobre la vida privada de la funcionaria y la exposición de fotografías familiares donde se demuestra su cercanía con un beneficiario de grandes contratos millonarios otorgados por el organismo que dirigía. A pesar de que precisamente dichas fotos y videos expuestos, demuestran la extrema cercanía de Taddei con su supuesto chofer y, por tanto, el obvio conflicto de intereses en la asignación de contratos a la empresa de dicho personaje.

Iniciemos aclarando mínimamente ciertos conceptos. La llamada perspectiva de género, es científica y no ideología como algunos pretenden, parte de amplios estudios antropológicos que, desde la década de los treinta del siglo pasado, analizaron cómo las distintas sociedades construyen, a partir de las diferencias biológicas (el sexo), los contenidos del ser mujer u hombre. Descubrieron que las características esperadas en un hombre o en una mujer, varían enormemente de cultura a cultura, incluso en una misma sociedad de acuerdo a las distintas épocas.

Fue así como se acuñó el concepto de género, para diferenciar el sexo biológico de la construcción sociocultural, el cual tiene diversas dimensiones y cruce de variables, pero por falta de espacio, no voy abundar en ellas.

De lo que sí voy a hablar es sobre una realidad: el género, no solo marca diferencias culturales entre lo que se espera en un hombre y en una mujer. En muchas sociedades como la nuestra, el género se construye a partir de estereotipos rígidos y excluyentes e implica también desequilibrios en las relaciones de poder y en el estatus, donde lo masculino se sitúa como superior a lo femenino. Llegando en algunos casos a la llamada misoginia, es decir a la aversión, el desprecio, el rechazo, incluso al odio hacia las mujeres y hacia todo lo relacionado con lo femenino.

Por eso, la perspectiva de género aplicada a la justicia debe considerar, tanto los estereotipos, como los desequilibrios de poder y la discriminación estructural al momento de juzgar o aplicar el derecho. Ahora bien, esto significa ¿Que las mujeres no podemos cometer actos de corrupción o actuar fuera de la ética o de la ley? O en el caso de caer en esas prácticas ¿puede calificarse como misoginia el enseñar fotos y videos que lo demuestran?

Quiero señalar que las luchas feministas por nuestros derechos sociales y políticos, que incluyen la posibilidad de ocupar cargos electorales y en la función pública, impulsados a través de las acciones afirmativas o las llamadas cuotas de género. Parten de la premisa de que ambos géneros tenemos las mismas capacidades y derechos; por lo tanto, el que ocupáramos hasta hace muy poco, escasos lugares en las estructuras de poder, se debía precisamente a los estereotipos y relaciones de poder entre los géneros.

No es pertinente por lo tanto para el feminismo, la falsa postura de que nuestra “naturaleza” nos impide hacer cosas incorrectas, cometer delitos o actos de corrupción, o afirmar que el señalar casos donde una mujer viola la ley sea misoginia o un delito de género.

Lo personal es político, eso es algo que hemos defendido hasta el cansancio las feministas señalando que lo sucedido en el espacio privado está, en mucho, determinado por las normas y leyes que se elaboran en el espacio público. Pero, a su vez, lo que ocurre en el espacio público en mucho se determina por los aprendizajes y modelos que adquirimos en el espacio doméstico. Es decir, no son espacios segmentados, y una prueba de ello es que las acciones de muchos políticos, hombres y mujeres, están orientadas a beneficiar únicamente a sus familias o personas cercanas y no a la sociedad en su conjunto. Y claro, esto lleva a que puedan cometer graves errores, como fue el caso de Rosario Robles quien destruyó su brillante carrera política por favorecer a un empresario con el que estableció una relación sentimental, aquel Ahumada, quien filtró videos e imágenes que la comprometieron.

Parecido es el caso de Guadalupe Taddei, ya que los videos y fotos expuestos en los medios no surgen de cámaras escondidas e indiscretas, sino que vienen precisamente de quien se benefició con los millonarios contratos asignados por la funcionaria y, paradójicamente, causó su caída política. Una escena, hoy divulgada, es aquella en la que el susodicho aparece en un apartamento de superlujo, mientras se sirve una copa de champán, diciéndole al hijo de la funcionaria, “¡París a tus pies, chamaquito!”, algo que solo él pudo filtrar a los medios de comunicación.

Y bueno, ya nos aclaró Noroña que eso de la austeridad franciscana y la billetera con doscientos pesos era en realidad una broma, muy mala, por cierto. Pero regresando a nuestro tema inicial, molesta mucho que traten de utilizar ahora la perspectiva de género para evitar que se expongan las corruptelas de mujeres asociadas al partido en el poder. Pues esa acción distorsiona la razón de nuestro movimiento y desprestigia una perspectiva científica y metodológica, ya de por sí mal interpretada por aquellos que se oponen al ejercicio de los derechos de las mujeres y de los integrantes de la comunidad de la diversidad sexual.

Las mujeres no requerimos esa clase de defensa, necesitamos respeto al ejercicio de nuestros derechos para construir ciudadanía y demostrar ya estando en los cargos, que estamos a favor de la democracia y de un mundo más justo para todos y todas.— Mérida, Yucatán

Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social

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