Hipólito Pacheco Perera (*)
La humanidad acelera el paso en su compulsión de destruir los recursos naturales de los que depende. Específicamente, el agua. ¿Por qué digo esto?
Nací en el año de 1970, cuando ya habían transcurrido 210 años de la Revolución industrial y 166 años después de que se fabricaron los primeros filtros de agua urbanos por polución. Mis conocimientos no llegan a tanto, así que estos datos fueron proporcionados por una IA. Es información pura y dura.
Si hubiera una inexactitud podría ser de más-menos algunos años, aunque no es el asunto. El tema es la contaminación.
Solo tuvieron que transcurrir 56 años desde mi nacimiento para que la situación del agua se volviera insostenible, tanto, que muy pocos en la ciudad se animarían a beber un trago de agua sacada directamente de un pozo, sin hervirla ni clorarla. Para mí, 56 años han sido un suspiro.
Crecí bebiendo agua de pozo que se conservaba fresca en una tinaja de barro que no tenía más tapa que una de peltre.
En vacaciones escolares, cuando me obligaban a ir a la milpa, a conocer el trabajo duro que me tocaría hacer si no estudiaba, bebí agua recolectada de la lluvia en tinacos de cemento, que corría sobre los techos de las chozas de descanso de los campesinos, que no eran de lámina ni concreto impermeabilizado, sino de guano. Y no me enfermé.
Cuando tuvimos que regresar caminando a través del monte, e intuyendo mi padre que sus hijos aún unos niños tenían sed, bastó ubicar a un costado de la vereda una sarteneja que conservaba agua de lluvias, con hojas y basura vegetal suspendida. Bastaba abanicar el agua estancada para que salieran huyendo los “gusarapos” y renacuajos, colocar un trapo en la orilla de la jícara o recipiente de plástico y beber. Y no me enfermé.
En otra ocasión en la milpa, el agua que se acumulaba en los bancos de materiales se recogía para fumigar —contribución de la agricultura a la contaminación— y servía también para beber, para preparar el pozole. Aun teniendo el agua un aspecto de horchata rebajada para hacerla rendir, solo se le hacía pasar por un trapo para “colarla” y ya era bebible. Y tampoco me enfermé, a lo más, seguirán asientos del barro, del sascab, en mi organismo, en mis riñones.
Esto no significa que fueran prácticas recomendadas, sino que era lo que tenían que hacer los campesinos y lo hacían sin la preocupación de que pudieran enfermarse, a diferencia de hoy día, que ni el agua “virgen” de lluvia se recomienda beber.
¡Todo en solo 56 años! ¿Parece mucho tiempo, cierto? ¡No lo es! Lo dice la frialdad de los números: en 2082, cuando una persona que nazca en estos días alcance mi misma edad de ahora, ¿en qué situación estará el agua? Si en una sola vida el agua —que tampoco era 100% confiable para beber cuando el que escribe bebió agua de lluvia, de sarteneja o acumulada— dejó de ser confiable, ¿qué será si se cumplen los pronósticos de los astrobiólogos de la Universidad de East Anglia, que según dicen, la especie humana podrá vivir en el planeta al menos 1.75 billones de años más?
También fui testigo de cómo los pozos se fueron convirtiendo en fosas sépticas, sin más ni más, sin cegarlos por dentro, ni impermeabilizarlos. El mismo destino que tuvieron cuevas o antiguas sascaberas. La inconsciencia disfrazada de practicidad, de darle un uso a algo “obsoleto”. Y eso que la crianza masiva de animales ni siquiera daba inicio y menos se imaginaba.
Y ahora hasta se tiene que mandar analizar el agua de los estanques para descartar que alguien pueda pasar a mejor vida si se le ocurre hacer “bucitos” en ellos. ¡Qué rápido destruimos lo que tanto necesitamos todos los días!
Y no paramos, parece competencia, parece un reto de “en cuanto tiempo dejamos inservible todo el agua del mundo”: basta darse una vuelta en ¿qué fraccionamiento se les ocurre? ¿Villa Bonita, Cielo Alto en el Sur; Polígono, Pacabtún, en el Oriente; Yucalpetén, Juan Pablo, en el Poniente, o Francisco de Montejo, Las Américas, en el Norte? para ver, en cualquier calle, en cualquier casa, ríos de agua jabonosa que desembocan en las zanjas colectoras y llegan al manto freático. Lavaderos caseros de autos en el mismo sentido, y, peor aún, utilizando el agua entubada. Y es solo lo que se ve.
Aquí no hay división de clases, esa estratificación que le encanta hacer al actual gobierno para sembrar el odio, la inquina. Porque contaminar lo hacen tanto los pobres como los que no lo son. Para arruinar sí hay democracia.
La basura sigue terminando en los cenotes, los turistas siguen bañándose y dejando sus desechos en ellos, en el agua que bebemos. En el resto del país siguen los derrames en ríos o siendo vertederos de aguas negras y desechos químicos… ¿seguimos?
¿Llegará la humanidad acaso al grado de que el agua bebestible sea más valiosa que el oro o que cualquier metal o piedra preciosos? Tal vez, un vaso de agua saciaría la sed… unas pepitas de oro darían brillo al excremento. Yo elegiría el agua.— Mérida, Yucatán
Periodista
