Con un repertorio de compositores rusos arrancó la XXIX Temporada de la OSY

Qué velada más plena. El tacto de dos magos de la orquestación dentro de la música rusa del siglo XIX —Nikolai Rimsky-Korsakov y Pyotr Ilyich Tchaikovsky— otorgaron dimensiones de plenitud al primer recital de la XXIX Temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY).

En el Teatro Peón Contreras, anteanoche, el maestro Juan Carlos Lomónaco, director titular y dueño de general aprecio, condujo a nuestra orquesta por un cauce doble, de entusiasmo y meditación, típicamente eslavo, que no decayó en ningún momento.

Se dio inicio con una fantasía litúrgica: la Gran Pascua Rusa, con la que don Nicolás intentó que el oyente experimentase la sensación de acudir un domingo de resurrección a los oficios de la iglesia ortodoxa rusa en alguno de esos grandes templos de alto maderamen cubiertos de íconos. La acertada lectura del maestro Lomónaco facilitó la sensación.

Con base en profecías de Isaías y textos de venerable tradición rusa, el cuerpo de esta pieza nos dibuja un arco desde la esperanza hasta la realización del solitario acento del trombón a la euforia total. Un adagio fúnebre retrata la noche de la Pasión, cuando la tumba del Señor queda en silencio, apagada por el naufragio de toda vida. Fúnebres metales gotean un antiguo misterio hasta el momento en que, lentamente, la Luz Eterna abre sus arterias —allegro— y da inicio el portento, el Hijo del Hombre se levanta en gloriosa vitalidad.

Vino a continuación una pieza —“Capricho español”— que Rimsky-Korsakov estructuró con precisión de artesano no tanto para disfrute del público, sino como motivo de lucimiento para las orquestas que la ejecutasen. Y hablamos de orquesta como voz múltiple que puede ostentar destellos particulares, mosaico de lo colectivo y lo específico.

En las cuatro partes de este Capricho, una apoyatura de percusiones —tamboriles y castañuelas— acompañan los vaivenes de colorido, las variantes rítmicas y la entrega fugaz de instrumentos en papel solista. Si en el Alborada es el clarinete y el primer violín quienes conducen la magia, en las variaciones de la Seguidilla y el aire gitano que prosigue son la trompeta, la flauta, el clarinete y el arpa quienes establecen la estructura.

El maestro Lomónaco labró el pendular encaje con la certeza de que sus instrumentistas responderían con vívido entusiasmo. Felicitaciones a los orfebres de cada pequeña “cadenza”. La ejecución completa fue un oloroso clavel de precisión y ritmo.

El ruso favorito

Tras el intermedio, llegó el espacio reservado para don Piotr Tchaikovsky, el gran favorito de los compositores rusos en el mundo entero.

Escuchamos una pieza supuestamente de juventud, la Sinfonía No. 1 en Sol menor, presentada por el autor como prueba de examen de armonía en el Conservatorio de Moscú cuando apenas tenía 24 años y con el nombre de “Sueños invernales”. Ahora bien, no nos engañemos, esta extensa obra en cuatro tiempos fue arreglada muchas veces, la última de 1885. De ahí que el oído nos avisa que estamos ante el compositor maduro y aromado por las naranjas de Italia.

“Dona el frío su vapor dorado en toda la extensión de la ancha tierra, no se sabe si dormida o muerta”. Melancólica angustia priva en los cuatro movimientos de esa sinfonía, incluso en los lapsos de aparente euforia. Los biógrafos más modernos no logran establecer si se trata del invierno físico y externo, o acaso elude a aquella frialdad de clóset en la que se encontraba el genio, temeroso de rumores ante su amistad con el joven Vladimir Shilovski, su compañero de viaje a Venecia.

Allegro tranquilo. Son la flauta y el fagot los que presentan los caminos barridos por un viento gélido. Dentro de esa aparente inmovilidad de la existencia, el clarinete aviva un tema ruso cuya melodía recuerda canciones que el autor escuchara en su niñez. Las cuerdas presiden un desarrollo tenue y gentil. El maestro Lomónaco descifró felizmente el instante.

El segundo movimiento —adagio cantable— invoca al invierno observado desde lejos, tras el biombo de una interioridad. El oboe parece declarar el murmullo de los relatos leídos junto al fuego, en tanto la ventisca galopa por el llano. Metales y cuerdas bajas enfatizan la serenidad.

Nuestra orquesta tejió hábilmente el Scherzo pleno de ritmos variables e instantes de lirismo a cargo del violoncello. Para finalizar, un andante lúgubre recupera la visión desolada del invierno antes del ingreso de un allegro cuyo tema, del folclor ruso, conduce una llama de esperanza que estalla finalmente con brillantez. Nutridos aplausos premiaron la versión.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán