MARÍA ISABEL CACERES DE URZAIZ (*)
Como bocanada de aire fresco, Paul Thomas Anderson nos obsequia con “El hilo fantasma”, una realización cinematográfica que corona soberbiamente la despedida del extraordinario Daniel Day-Lewis del mundo de la actuación, ya que esta es una de sus mejores interpretaciones.
Day-Lewis repite junto a Anderson la fórmula de “Petróleo sangriento” (2007), esa cinta con un peso y una potencia atronadoras que se hunde en los abismos más profundos de la naturaleza humana, y que se alzó ese año con el Óscar a Mejor Película.
En “El hilo fantasma” se despliegan historias de “personas”: sus miedos, obsesiones, pasiones, memorias y fijaciones entreveradas con los recuerdos de la infancia y la tensión casi paroxistica (efervescente) de la evolución de dos almas que se persiguen, se descubren y encuentran en un intenso filme de deseo y amor, hilvanado en la interacción de sus personajes.
Day-Lewis toma de la mano a su personaje Reynolds Jeremiah Woodcok y lo embulle de la insoportable perfección y manías del modisto de los años 50 que viste a la sociedad de alta alcurnia de su tiempo.
Anderson, el escritor y director, y Day-Lewis el actor, han sido la mancuerna perfecta para elevar el cine actual a niveles paradigmáticos por la calidad lograda entrambos.
Y así Woodcok, el soltero empedernido y egoísta, que seduce mujeres, las moldea, y las desecha; un diseñador genial, de espíritu y corazón atormentado, lleno de misterios y recovecos, encontrará en esta mujer de nombre Alma, una sencilla y joven mesera, a la horma de su zapato. Ella lo lleva al autodescubrimiento de su espíritu, la transformación que se da en toda su “psique” que se resiste y lucha para no dejarse atrapar en las redes y provocaciones del amor… Un amor que es necesidad, agonía y obsesión.
La primera “Alma” de su vida fue su madre fallecida y llamada así también. Ella será una constante presencia casi de tintes edipicos a lo largo de todo el filme.
Es un viaje tortuoso para todos: para Reynolds (Lewis) que tiene que vencer sus miedos y reestructurarse para llegar a ser él mismo; para Alma (Vicky Krieps), que tendrá que luchar entre su deseo de quedarse o su necesidad de partir antes de sumergirse en el continuo estertor de un amor que no acaba de encontrarse a sí mismo.
Leslie Manville fue postulada al Óscar como Mejor Actriz de reparto, y es el alma gemela, el otro yo, la hermana insustituible y manipuladora, la siamesa emocional y piedra de toque del complicado equilibrio del genial Woodcock.
El vestuario, ganador del Óscar, merece mención aparte al igual que la música que da pinceladas de color intenso y alegre a todas las escenas de la cinta.
Abundan los primeros planos que permiten recrear los gestos y expresiones más íntimas de los intérpretes. El perfil aguileño, la mirada gélida o llena de alegría e intensidad de Reynolds, se acompañan de los trazos determinados del rostro de Rose, la hermana adorada, y la voz queda y ojos cálidos de Alma cuya expresión corporal es como un libro lleno de sorpresas.
“El hilo fantasma”, el que no se ve, el que está atrás sosteniendo todo y a todos enredado con maestría en las pasiones totales del hombre y la mujer, logra atrapar desde el primer momento al espectador en su trama, prendiendo con docenas de alfileres de emoción y puntadas geniales “el hilo” de una película inolvidable para placer y felicidad de los amantes de la CINEMATOGRAFíA, con mayúsculas.
