Nos espera la ópera
Jorge Álvarez Rendón(*)
Aseguraba don Marcelino Menéndez y Pelayo, el célebre polígrafo, que tres personajes había donado el ingenio español al mundo: la Celestina, don Juan Tenorio y aquel loquito de Alonso Quijana que se armó caballero para proteger a damas y desdichados.
Don Juan surgió como leyenda urbana en la Sevilla del siglo XVI si nos atenemos a la fama de jugador y enamorado que tuvo el caballero don Juan de Mañara, de quien el francés Prosper Marimee elaborara exacto retrato en su célebre cuento “Las ánimas del purgatorio”.
Otra leyenda muy extendida relataba cómo un bravucón toledano, sin miedo al rigor de los cielos, había retado a la estatua funeraria de un antiguo rival para que viniese una noche a cenar en su casa. Y el convidado se lo llevó a los infiernos.
Ambas leyendas fueron fundidas, en feliz amalgama, por el dramaturgo Tirso de Molina en los primeros años del siglo XVII en una comedia titulada “El burlador de Sevilla y convidado de piedra” que fue un triunfo en los “corrales” de Madrid y Valencia.
Don Juan era la encarnación del hombre joven, rico y hermoso cuyo mayor placer consistía en engañar mujeres, a quienes, con engañosas promesas, les robaba la honra, lo más preciado en aquella sociedad española del llamado “siglo de oro” en que sin “opinión” más valía no vivir.
El médico don Gregorio Marañón escribió en 1948 un amplio ensayo en el cual pretendía demostrar que el tipo de galán burlador, mas que un prototipo de macho, padecería de inseguridades con respecto a su masculinidad, de ahí que de continuo debía probarse a sí mismo la capacidad de seducir y poseer.
Don Juan tendría miedo a la relación estable y duradera, signo de madurez. Además, no discrimina en cuestión de faldas, le “gustan todas”, y al carecer de un tipo femenino preferencial (otro signo del hombre adulto) sería algo así como un adolescente perpetuo.
En esta nuestra Mérida es dificultoso que alguna vez veamos la obra de Tirso. En cambio, hasta los aficionados han llevado a escena otra obra dramática sobre el mismo personaje: Don Juan Tenorio, del romántico José Zorrilla, que suele representarse por los días de difuntos.
¿Por qué mostramos tanto interés por el famoso burlador? Pues porque a mediados de este mes, la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), con auxilio de cantantes y coros, pondrá en escena, en tablas del Teatro Peón Contreras, la ópera “Don Giovanni”, una de las joyas del genio de Amadeus Mozart.
De Tirso la figura del burlador pasó a Francia, donde la toma el gran Moliere, y a la corte de Austria, para la cual Guiseppe Gazzanga compone una ópera con libreto de Giovanni Bertati, pieza que se vuelve así el antecedente inmediato de la inmortal obra mozartiana.
En 1782, el joven sacerdote Lorenzo da Ponte, judío converso, jugador empedernido y conquistador de bellas enmascaradas durante los carnavales de Venecia, se escapa por deudas de la ciudad lacustre y llega a Viena, donde, gracias a la ayuda del músico Salieri, consigue un puesto de poeta cortesano.
Da Ponte escribió libretos para varios autores de óperas, incluso Salieri, pero su momento de suerte tuvo lugar cuando Mozart le expone su idea de hacer un melodrama con “Las bodas de Fígaro” de Beaumarchais. La belleza de esta pieza convence a don Lorenzo de que ha encontrado el complemento musical para su talento poético.
La ópera que veremos en Mérida dentro de una semana fue la segunda colaboración de Da Ponte con Amadeus. Se seleccionó al personaje de don Juan porque estaba de moda y el resultado fue cumbre del género lírico. Consta de dos actos y hacen acto de presencia siete personajes, tres de los cuales son mujeres engañadas por don Juan: doña Ana, doña Elvira y la campesina Zerlina.
Cronista de la ciudad
