BERLÍN (EFE).— Cate Blanchett acudió a la Berlinale al frente del equipo de “Tár”, la película que puede darle su tercer Óscar, rodada en parte en la capital alemana y en la que asume un papel que la colocó “al borde del desgarro” interpretativo.
“Estar aquí es como volver a casa”, afirmó la actriz, en declaraciones a la televisión pública regional Rbb, horas antes de la gala en que se proyectó su película, dentro de la sección Berlinale Special, fuera de concurso.
El papel que interpreta es el de la directora de orquesta y compositora Lydia Tár, una figura ficticia que, explicó, “me absorbió completamente” y para el que además de aprender a dirigir tomó clases de alemán, “aunque con resultados más bien rudimentarios”, admitió.
“Fue un desafío mental y físico”, afirmó, para un filme rodado entre Berlín y la ciudad de Dresde, en el este de Alemania, en tiempos de pandemia y con muy escaso contacto social o humano fuera de las personas implicadas en el proyecto.
La Tár de su película es una directora y compositora genial, que primero luchará hasta imponerse en un ámbito que hasta hace pocos años estaba restringido a los hombres. Alcanzará la cima del éxito y se colocará al frente de una orquesta en Berlín, aunque la que aparece en escena es la Filarmónica de Dresde. Sin embargo, poco después empezará su caída entre acusaciones de abuso de poder.
Horas antes de la gala, la actriz australiana participó junto con su compañera de rodaje, la alemana Nina Hoss, y el director Todd Field en el llamado “Talent Campus”, una sección de la Berlinale que toma el formato de debate entre profesionales y estudiantes de cine.
Los tres recordaron las dificultades del rodaje bajo las restricciones de la pandemia, en unos momentos en que la vida pública alemana estaba parcialmente cerrada.
Blanchett, como Hoss, han sido presencias frecuentes en anteriores ediciones de la Berlinale, mayoritariamente con películas en la sección oficial.
El papel de “Tár” ha dado a Blanchett varios premios internacionales de interpretación, por ejemplo en el Festival de Venecia, donde se estrenó, y el domingo pasado en la gala de los Bafta.
Está asimismo postulada al Óscar a la mejor actriz. De conseguirlo sería el tercero de su carrera, tras los obtenidos por “Blue Jasmine” y “El aviador”, en este caso como actriz de reparto.
Animación asiática
También ayer, la Berlinale se abandonó a la magia asiática a través de “Suzume”, una película de Makoto Shinkai en que conviven la mitología japonesa y el imperio de lo digital, representante del cine de animación en lucha por los Osos del festival junto con la china “Art College 1994”.
Es la primera vez en dos décadas en que Japón está en la competencia oficial del festival con una película de animación, tras el “Spirited Away” de Hayao Miyazaki, que ganó el Oro en 2002,un máximo premio ex aequo con “Bloody Sunday”. “El cine de animación permite trasladar a un amplio público, adulto o niños, filmes que a unos les remite a los más traumáticos terremotos sufridos por mi país y a otros, a la aventura o el sueño romántico”, indicó Shinkai(Nagano, 1973), considerado el heredero de los maestros japoneses de este género.
El título “Suzume” remite al nombre de una muchacha de 17 años, que un día, camino a la escuela en bicicleta, se cruza con el enigmático Souta, rastreador de puertas misteriosas entre ruinas dejadas por sismos devastadores y tras las que se esconde el monstruoso generador del siguiente terremoto.
El joven es el cerrajero depositario de una llave capaz de contener al enorme gusano. Pero un gatito aparentemente inofensivo lo deja convertido en la silla infantil de tres patas, recuerdo para Suzume de su madre, muerta siendo una niña.
Arranca ahí la mágica aventura de iniciación de la muchacha y su chico-silla, a través del Japón sacudido por sucesivos sismos más el traumático tsunami. El altamente tecnificado Japón actual, sus modernos sistemas de alarma, teléfonos inteligentes y GPS pueden paliar sus efectos, pero solo una adecuada interpretación de los mitos le preservará de la destrucción. “La animación consigue que veamos películas como la nuestra desde la perspectiva del cine de entretenimiento”, explicó Shinkai. El realizador japonés, catapultado al reconocimiento internacional y el éxito comercial en 2016 con “Your Name”, combina en “Suzume” la fascinación por los mitos con el homenaje al espíritu de lucha de Japón frente a las catástrofes generadas por la Tierra.
Cada uno de los filmes surgidos de la factoría japonesa es, a la vez, exponente de sus prodigios tecnológicos, entre personajes y comportamientos que reproducen lo humano hasta el detalle o inventan catástrofes difíciles de plasmar fuera de este ámbito.
Habría sido el único entre los aspirantes al Oso de esa escuela asiática, de no haber sido que la Berlinale incluyó en el último momento entre los 19 seleccionados de la sección a concurso a la china “Art College 1994”, de Liu Jan.
Son producciones muy distintas tanto en lo temático como en el ritmo. “Suzume” va de lo poético a la catástrofe de forma trepidante, mientras que Liu busca el retrato de la sociedad de su país a través de un grupo de estudiantes que conversan o reflexionan sobre tradición y modernidad, arte y filosofía.
Es cine de animación que toca de pies al suelo y con el que Liu regresa a la competencia de la Berlinale, tras haber estrenado en 2017 “Have a Nice Day”, una película que de la capital alemana viajó luego a festivales de todo el mundo.
Completó la penúltima jornada a concurso de la 73a. edición de la Berlinale “Limbo”, una espléndida exposición de cine en blanco en negro dirigida por Ivan Sen, que convierte a Simon Baker en un policía australiano investigando el asesinato de una mujer aborigen veinte años atrás.
Es una película de protagonismo compartido entre el agente blanco, y, por tanto, generador de desconfianzas en el entorno de la víctima, y el desierto australiano, además del destartalado vehículo en que se mueve el policía.
“Procedo de esas tierras. Conozco su valor para todos nosotros, aborígenes o no. Es más que un paisaje, es nuestro estado de ánimo”, explicó Sen.
