• Robin Williams y su esposa Susan Schneider en la entrega de los Comedy Awards en New York, en 2012
  • La cantante de Rossina Silva “La Pa’rribeña” ha logrado posicionar la música sierreña con los 12 álbumes lanzados a lo largo de su carrera

MADRID (EFE).— La muerte de Robin Williams hace diez años conmocionó a Hollywood, especialmente cuando se supo que había sido por un suicidio.

Primero se achacó a una depresión pero después se supo que era solo un síntoma de la demencia que padecía, lo que hizo abrir los ojos al mundo del cine sobre los problemas de salud mental.

Aunque solo han pasado diez años, ha sido suficiente tiempo para que la mirada hacia los problemas de salud mental haya cambiado drásticamente y ahora ya resulta normal que gente tan famosa como Williams hable abiertamente de los trastornos que padece.

Desde Selena Gómez —con trastorno bipolar— a Katy Perry —quien reconoció haber tenido depresión y ansiedad—, Aaron Carter —trastorno de personalidad múltiple—, Shaun Mendes —en 2022 canceló su gira para centrarse en su salud mental—, Kendall Jenner —ansiedad y depresión— y Colin Farrell —ataques de pánico—, las estrellas ya no ocultan sus debilidades.

Es algo que no ocurría cuando falleció Williams, quien llevaba un tiempo padeciendo problemas graves que creía se derivaban de un diagnóstico, que era erróneo, de mal de Parkinson.

Demencia de Lewy

En realidad, lo que presentaba el protagonista de cintas como “Buenos días, Vietnam” (1987), “La sociedad de los poetas muertos” (1989), “Papá por siempre” (1993) y “Mente indomable” (1997) era demencia de cuerpos de Lewy, algo que se descubrió al hacerle autopsia. La enfermedad neurodegenerativa provocó en el actor muchos y graves problemas, entre ellos depresión, ataques de ansiedad y paranoia.

Al actor le quedaban solo tres años de vida y, “probablemente”, de haber seguido viviendo hubiese pasado ese tiempo encerrado en un centro psiquiátrico, como señaló su viuda Susan Schneider al año siguiente del fallecimiento.

Williams se ahorcó con un cinturón el 11 de agosto de 2014 y su cuerpo sin vida fue encontrado por su asistente personal en uno de los dormitorios de su casa de Tiburón, en el área de la bahía de San Francisco. Tenía 63 años de edad.

El actor había trabajado intensamente ese año y en julio decidió permanecer durante varias semanas en un centro de rehabilitación en Minnesota “por precaución”, según reveló entonces su representante.

Tenía un largo historial de abuso de cocaína y alcohol que se remontaba a principios de la década de 1980 y, aunque mantuvo a raya sus adicciones durante años, recayó en 2006.

Nacido en Chicago el 21 de julio de 1951, Williams inició su carrera con un pequeño papel en la serie “Happy Days” en 1974 y debutó en el cine en 1980 con “Popeye”, aunque su primer éxito global fue en 1988 con el papel de locutor de radio en “Buenos días, Vietnam”, que le valió su primera postulación al premio Óscar.

Optaría de nuevo por “La sociedad de los poetas mueros”, una película que marcó a toda una generación con la famosa escena de los alumnos recitando: “¡Oh capitán, mi capitán!”, el poema de Walt Whitman.También en 1991 por “Pescador de ilusiones”, pero lo ganó en 1998, como actor de reparto, por “Mente indomable”, la cinta que dio a conocer a Matt Damon y Ben Affleck.

Su filmografía incluye producciones como “Despertares” (1990), “Hook” (1991), “Aladdin” (1992), “Jumanji” (1995), “Patch Adams” (1998), “El hombre bicentenario” (1999) y “El hombre del año” (2006).

Aunque hizo reír a varias generaciones, Williams arrastró amargura y su imagen pública de genial cómico contrastaba con una vida complicada, que estaba marcada por sus adicciones.

Coqueteó con las drogas junto a su amigo John Belushi, fallecido a los 33 años por una sobredosis. “La cocaína es la manera que tiene Dios de decirte que estás ganando demasiado dinero”, decía con ironía.

Tuvo igualmente una vida sentimental algo caótica, con tres hijos nacidos de sus dos primeros matrimonios, y una tercera boda en 2011 con Susan Schneider.

Muchos expertos consideran que el talento de Williams siempre estuvo por encima de los papeles que le ofrecían y que le encasillaron en su lado cómico; él mismo estaba obsesionado con hacer reír, como señaló su biógrafo, Dave Itzkoff, al que el actor confesó con pesadumbre años antes de su muerte que sentía que ya no conseguía ser divertido.

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