Mirada antropológica
Rodrigo Llanes Salazar (*)
Cada vez me siento más inseguro en Mérida. Sí, a pesar de que autoridades y empresas inmobiliarias nos repiten todo el tiempo que Mérida es la ciudad más segura de México (o dependiendo de qué autoridad o inmobiliaria esté hablando, la segunda, después de San Pedro Garza García). O que, después de Québec, es la más segura de América.
Es verdad. No temo que me secuestren o que me maten con pistola. Soy hombre, y eso también reduce mis temores en las calles —no tengo que pensar tanto cómo salir vestido— y dentro del hogar. Tengo miedo a que me mate un automóvil. Un automóvil conducido —malconducido— por una persona texteando.
Me siento inseguro por eso a lo que la Organización Mundial de la Salud le llama distracción cognitiva. Muchos somos algo neuróticos cuando conducimos, pero, desde hace un tiempo —unos meses— cada vez me irrita más ver que los conductores de automóviles estén con la mirada hacia abajo mientras manejan. Se ha vuelto casi una manía contarlos, como cuando se cuentan vochos amarillos.
Mi disciplina antropológica me pide evitar hacer generalizaciones a partir de mi experiencia. Pero el problema de la inseguridad y las muertes por accidentes de tránsito —que se pueden deber a muchas razones, entre ellas estar texteando o revisando cualquier cosa en el cel— también ha aparecido como titular en medios de comunicación locales y nacionales. Por ejemplo, una nota de “El Universal” de agosto de 2018 alarmaba que “Suben muertes en Yucatán por accidentes de tránsito en vacaciones”. Mientras que en el verano de 2017 habían muerto 28 personas por accidentes de tránsito, en 2018 perdimos 45 personas por esa razón.
Otro ejemplo. En febrero del año pasado “La Jornada” publicó una nota con el titular “En Yucatán, accidentes viales causan 32 muertes en 2019”. La nota informa que “en los primeros 46 días del año han muerto 32 personas en accidentes de tránsito en la entidad, de los cuales Mérida y su famoso Anillo Periférico contabilizan más del 60 por ciento, superando los 23 fallecimientos ocurridos en el mismo lapso de 2018”.
Poco tiempo después, este medio informó que “en lo que va de 2019 cada 28 horas muere una persona en Yucatán a causa de un siniestro vial”.
Además de las notas de prensa, el tema aparece cada vez más en pláticas con diversas personas. Más de una persona me ha dicho que se debería inventar una app —porque todos nuestros problemas deben ser resueltos con apps— para que el teléfono se bloquee o quede inutilizado al entrar al automóvil. Lo admito, también he pensado en esa idea, pero sé que de inmediato se inventará otra app que te permita bloquear la otra app.
Más allá de mis impresiones personales, notas de prensa y charlas ocurrentes, estudios como el “Índice de progreso social. México 2019. Más allá del PIB” —sobre el cual Dulce María Sauri nos ofreció algunos interesantes datos en estas páginas (D.deY., 15-1-20)— nos informan que Yucatán es el segundo estado del país con más muertes por accidentes de tráfico: 45.16 por cada 100 mil habitantes. Aunque sé que es una comparación injusta, comparemos aún así: según el Inegi, en 2018 fueron asesinadas 29 personas por cada 100 mil habitantes en todo el país.
Lo peor de todo es que se trata de una inseguridad sumamente desigual e injusta. De acuerdo con el ingeniero de tránsito René Flores Ayora, las principales víctimas mortales de los accidentes de tránsito son los motociclistas. Le siguen los peatones, en segundo lugar, los acompañantes de los conductores en tercer lugar, los ciclistas en cuarto y, finalmente, los conductores en quinto. El periodista y escritor argentino Martín Caparrós lo ha expresado así en su fabuloso ensayito “Ahorita” (2019): “El terrorismo, las guerras y los crímenes sumados matan menos. El automóvil es cosa de ricos pero sus muertes no: nueve de cada diez ocurren en los países de ingreso medio y bajo, que solo tienen la mitad de los autos del mundo (…). Y la reacción social no está a la altura. El truco es que la muerte vial se presenta como la forma última de la responsabilidad individual: si usted no bebe, si no se duerme, si no mira el móvil, si se ata, si cuida su coche no le va a pasar nada. No es cierto —la mitad de las víctimas son peatones, ciclistas, moteros—, pero eso permite que los principales responsables del mundo automotor, sus fabricantes, empiecen a convencernos de que ellos mismos van a solucionarlo”.
Cada vez más coches
Y si cada vez me siento más inseguro en Mérida es porque cada vez hay más coches. A inicios de este siglo existían poco más de 214 mil automóviles registrados en Yucatán. A fines del año pasado la cifra casi se había cuadriplicado a más de 860 mil vehículos.
En “Ahorita”, Caparrós cuenta que en una carretera en Shandelee, al norte de Nueva York, encontró un cartel con la leyenda “Eso puede esperar. Parada para texto dentro de cinco millas”. Que hay 300 de esos carteles en todo el estado, “que la campaña contra el texto es seria”. “El Estado te exhorta a que no desesperes, que ese mensaje sí puede esperar cinco millas, unos pocos minutos —escribe Caparrós—. Pero, al mismo tiempo, sabe que sí vas a desesperar, que tu adicción no puede esperar más de cinco millas, más que unos minutos. Y reconoce esa bruta irrupción de lo virtual en lo real: que aun manejando por una ruta sinuosa y espectacular el mundo va a querer decirnos cosas —y nosotros querremos escucharlas—. El cartel intenta ser una respuesta a la urgencia de la comunicación y acepta, al contestarle, que esa urgencia es la forma en que vivimos”.
La solución no es poner paradas de texto y carteles que los señalen en el Anillo Periférico y otras carreteras de Yucatán (aunque tal vez ayuden). Normas así, como las de los límites de velocidad, son constantemente violadas —¡e incluso hay conductores que se desesperan si no vas manejando a más de 90 kilómetros por hora en el Periférico!—. Más bien, la reacción social ante las muertes por accidentes de tránsito debe estar a la altura del problema.
¿Cómo podemos hablar de Mérida como la ciudad más segura o de Yucatán seguro con tantas muertes —y, al parecer, el problema se agrava cada vez más— provocadas por automóviles? El discurso y, sobre todo, las acciones en materia de seguridad deben atender este problema. No me refiero solo a las autoridades, a las multas por usar el celular —o conducir sobrepasando los límites de velocidad o bajo los efectos del alcohol— y a las campañas para prevenir los siniestros. Me refiero sobre todo a la sociedad en su conjunto: a nuestras adicciones a los teléfonos, a nuestra impaciencia, a nuestra incapacidad de ver las consecuencias de nuestras acciones en las vidas de otras personas.
Y más que apelar a más sanciones y más campañas, apelo a eso: fortalecer nuestra empatía, nuestra capacidad de estar atentos a nuestro entorno, a las personas y otros animales que lo habitan y circulan, y no solo a nuestras pantallas.
rodrigo.llanes.s@gmail.com
Investigador del Cephcis-UNAM
