Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán
“Vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron” (Mt 2, 11).
Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor.
Hoy celebramos la Epifanía del Señor, palabra que significa “manifestación”, pues se trata de la manifestación del hijo de Dios en carne humana. Hoy es el día de la Navidad para los cristianos del Oriente, celebración popularmente conocida como la fiesta de los Santos Reyes. San Mateo es quien en su evangelio nos relata este vibrante episodio de los Magos de Oriente, y no usa la palabra “reyes”, sino “magos”.
Les llamamos “reyes” conforme a una muy antigua tradición que se remonta a los Santos Padres de la Iglesia, en razón de que en estos personajes se ve cumplida la profecía de Isaías que escuchamos hoy en la primera lectura, que dice: “Caminarán los pueblos a tu luz, y los reyes al fulgor de tu aurora… trayendo incienso y oro…” (Is 60, 3. 6). En el salmo 71 que hoy proclamamos decimos: “Los reyes de occidente y de las islas le ofrecerán sus dones. Ante él se postrarán todos los reyes y todas las naciones”. Consideremos además la riqueza y simbolismo de sus regalos; y el hecho de que sólo gente de mucho dinero podría realizar un viaje semejante, que implicaba incluso la compañía protectora de un pequeño ejército.
El adjetivo “mago” se aplicaba a hombres de ciencia, seguramente astrónomos, que venían observando el maravilloso fenómeno de la estrella extraordinaria que apareció en el cielo y que ellos ya esperaban calculando su aparición. Pero más que una estrella, como verdaderos sabios buscaban la verdad absoluta que diera sentido y congruencia a todas las demás verdades, y esa verdad ellos la identificaron con la esperanza del pueblo de Israel sobre un mesías que venía para reinar eternamente: la verdad y la esperanza que muchos en Israel habían dejado de esperar, pero que ellos venían buscando con grandes sacrificios y mucha alegría a la vez.
Ésta es la fiesta de la catolicidad, es decir, de la universalidad de la salvación, pues los Magos son extranjeros que representan a todos los pueblos de la tierra, al resto de la humanidad que viene a adorar al Niño recién nacido. Por eso, en la misma profecía de Isaías se habla de una multitud procedente de Madián, Efá y Sabá (cfr. Is 60, 6). Llegan los extranjeros a adorar al Niño, mientras los de casa ignoran.
Hoy en día son miles y millones de seres humanos que arriesgan su vida emigrando de su tierra, aunque no sean ricos, ni poderosos, ni sabios. Haitianos, venezolanos, centroamericanos, mexicanos, africanos, etc., que por razones políticas, de miseria o de violencia, abandonan sus propias naciones siguiendo la estrella de la esperanza, de llegar a un lugar donde puedan vivir en paz con seguridad y dignidad.
Hombres, mujeres y niños que además de sus capacidades laborales y sus cualidades personales, suelen ir acompañados de una gran fe con la que luego enriquecerán a sus lugares de destino.
Los creyentes debemos demostrar nuestro amor y solidaridad para con los migrantes, y colaborar en cuanto nos sea posible con las tareas que el papa Francisco nos ha propuesto en la Pastoral de Migrantes y en las políticas migratorias de los pueblos: acoger, proteger, promover e integrar a nuestros hermanos migrantes.
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