Los solistas de la OSY obsequian el “Vals diabólico”

Las motivaciones románticas de Liszt y Brahms se integran tan bien al obsequioso febrero ya en su final que la Orquesta Sinfónica de Yucatán las atrapó para urdir el tercer concierto de su XXIX temporada, así como permitió que un par de elementos del conjunto —los trombonistas William Broverman y Todor Ivanov— trazaran siluetas de aventura con un concierto doble.

De nuevo en la conducción, el titular Juan Carlos Lomónaco ejercitó su atinado tacto, anteanoche, en el Teatro Peón Contreras, sobre el arco sonoro de dos composiciones con la quemadura vital del siglo XIX así como la festiva voz del húngaro Frigyes Hidas, contemporáneo que apenas falleciera en 2007.

De entrada, escuchamos la más celebrada de las rapsodias que Franz Liszt consagrara al prolífico folclor de su nativa Hungría, al parecer originales para el piano y después orquestadas por ojos expertos. El nombre rapsodia conduce reminiscencias clásicas por aquellos cantos épicos destinados a enaltecer a dioses y héroes.

El maestro Lomónaco le infundió luces contundentes a la segunda rapsodia, cuyo espíritu de dzarda o danza popular le imprime un patrón genético: primero, una sección melancólica, en pensativa clave, con trazos de recuerdos lacerantes, y después, una segunda parte toda vivacidad, tráfico de ímpetus que finaliza en explosivo entusiasmo propio de gitanos.

Pieza famosísima, esta rapsodia ha asomado en numerosas películas y anuncios publicitarios: automóviles, hoteles… Los niños de los años 50 del pasado siglo la escuchamos tocada al piano por el gato-concertista Tom asediado por un Jerry que vivía dentro del instrumento.

Dos trombones

Los conciertos para un par de instrumentos de aliento iniciaron su prosperidad en el barroco y hasta el siglo XVIII como una manera de evidenciar el trabajo de los mal pagados músicos de las capillas cortesanas. Dos clarinetes, dos oboes, dos trompetas, dos trombones, un fagot y un clarinete. Múltiples combinaciones se daban según los requerimientos.

Michael Haydn y Leopold Mozart fueron proveedores del arzobispo de Saltzburgo como Heandel lo había sido de los reyes británicos. En los tiempos recientes, el húngaro Hidas destacó por su fertilidad productiva: canciones profanas y religiosas, música de cámara y conciertos con especialidad en instrumentos de aliento muchas veces duplicados.

Muy renombrado y hasta bello es su concierto para oboe y orquesta; pero a nosotros, en esta ocasión, nos correspondió escuchar el que tiene dos trombones —tenor y bajo— como solistas.

Broverman e Ivanov ingresaron con brío en el horizonte —repleto de modernísimos parpadeos— del húngaro Hidas. Sobre todo en el primer movimiento, a los instrumentos se les exige desembarcar en muchas de sus posibilidades, asociar simbolismos y alcanzar equilibrios armónicos que recuerdan a Hindemith y afirmar así esa memoria de tipo universal que caracteriza las pesquisas artísticas de la segunda mitad del siglo XX. Solistas y orquesta recibieron cálidos, prolongados aplausos. De obsequio, los solistas ofrecieron el “Vals diabólico” de un holandés contemporáneo.

La segunda parte del programa desenvolvió la serena reflexividad de la Sinfonía No. 2 de don Johannes, obra que nació en razón del éxtasis que produjo al compositor la zona boscosa de Austria donde pasaba los veranos. Por ese motivo, se ha equiparado esta composición con la Sexta Sinfonía beethoveniana, la famosa Pastoral, como ha ocurrido con la Octava de Dvorak o la Cuarta de Mahler.

El maestro Lomónaco invirtió las cifras de su talento para esta lectura finalmente tan provechosa. Recibimos un Allegro inicial con sus detalles de genial economía, ese desarrollo temático a partir de semillas flotantes, una célula de tres notas; el acento de las trompas que otorgan el rango majestuoso, y las flautas, emisarias de la vida campestre, así como el inolvidable arrullo de violoncellos dentro de una móvil e intensa orquestación.

Nos fue dado un sereno Adagio, cuya profundidad meditativa nos ofrece lo más genuino de Brahms y su elaborado trabajo de contrapunto. En el Allegretto gracioso advertimos la presencia de las danzas populares con forma de variaciones de gran dinamismo. Y el Allegro con espíritu final nos condujo a un mundo equilibrado, reconfortante, nostalgia de la llama clásica, plagado de ideas, hasta concluir con pasajes que recuerdan la Júpiter de Mozart.

Nutridos aplausos premiaron la versión y el esfuerzo del maestro Lomónaco y nuestra orquesta.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

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