Los solistas de la OSY comparten el cariño del público
Por los caudales de un par de románticos, mercuriales ríos —Beethoven y Schumann— nos condujo la Orquesta Sinfónica de Yucatán durante el sexto programa de su XXIX temporada bajo la dirección del español Miguel Navarro, ejecutante en tres continentes y con doctorado en Historia de la Música.
Los tres solistas que ornaron esta velada fueron la violinista Iliana Stefanova, la pianista Irina Decheva y Vaselin Dechev en el violoncello. Todos ellos de nacionalidad búlgara y miembros de la plantilla de ejecutantes de la OSY.
El recital comenzó con el cuarto —y último— intento de don Ludwig por otorgarle una obertura adecuada a su ópera Fidelio. A diferencia de sus antecesores, este texto resulta menos descriptivo de las situaciones dramáticas; como libre y cómodo en la selección de motivos, impetuoso, alegremente espontáneo. El invitado hispano obtuvo una versión cuajada de entusiasmo.
Triple concierto
Dicen algunos de sus biógrafos que el célebre sordo de Bonn había pensado componer un trío de piano, violín y chelo para esparcimiento del archiduque Rodolfo, su alumno y asiduo protector. Por razones que se desconocen, el maestro resolvió finalmente variar el proyecto y estructurar un concierto “triple” con aquellos instrumentos casi en igualdad de expresión y con el cual —en conciertos públicos— pudiese obtener una ganancia más jugosa para pagar la renta y esos arenques ahumados que tanto le gustaban.
Y fue precisamente ese concierto el que escuchamos anteanoche. En sus tres instantes fue una nueva ocasión de lucimiento para Iliana, Irina y Vaselin. El melodismo beethoveniano irrumpió como una pareja de enamorados que se buscase, jugando con alborozo, en un bosque habitado por sabias armonías.
Cada voz instrumental tiene sus instantes de oportuna elocuencia, pues la mano del gran maestro diseñó los intervalos en la integridad de una tela que contiene pasión a mares. Habla el piano y sus compañeros murmuran; canta el chelo y lo secunda el violín; expone éste y los otros dos repiten el mensaje. A veces, al unísono, comparten el fuego y vulneran el corazón de los oyentes.
El director huésped amparó a los solistas con atinada, cuidadosa lectura. Suntuoso el allegro inicial, doblegado de lirismo el movimiento central, rítmicamente precisa esa polonesa que cierra el viaje y lo culmina en plenitud de entusiasmo. Los aplausos no se hicieron esperar en homenaje de solistas y orquesta.
El cierre
El recital se completó con la Sinfonía No. 1 en mi bemol mayor que don Roberto finalizara en solo dos meses (1842) y tuvo el honor de ser estrenada en Leipzig por nada menos que Félix Mendelssohn a la batuta.
Conocida generalmente con el sobrenombre de Lieberfrüling (Amorosa primavera) la pieza se apoya en poemas del romántico Adolfo Boettger y posee cuatro movimientos en los cuales lucen los desarrollos secundarios, las reiteraciones melódicas y otras técnicas que Schumann obtuvo de precedentes advertibles en Beethoven, Schubert y el propio Mendelssohn.
Cuando se levantó la estructura de esta sinfonía, el autor se hallabatodavía en el torbellino de dulzura pasional de aquel “año de las canciones” en el que volcó su célebre amor por Clara, modélica esposa y virtuosa pianista. De ahí que, con solo algunos pasajes de meditación germánica, el cuerpo de la obra acata una decisión de fogosidad que el maestro Navarro manifestó con pulcritud.
Nuestro fue el Schumann vehemente y en continuo parpadeo de emotividad, el del quinteto con piano, el de la Kreisleriana y el concierto para cello, hombre volcado hacia su interior y en momentos perseguido por la insidiosa locura. En especial, el lapso del Scherzo fue un logro para nuestra orquesta que fuera recompensada con nutridas palmas.— Jorge H. Álvarez Rendón
