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Música y cine se conjugan en un mágico concierto

Año de 1926. En la sala de cine Volsov de Moscú ingresa a trabajar como pianista un joven delgado llamado Dimitri Shostakovich… Su papel era tocar algunos temas que estuviesen en consonancia con el desarrollo de las películas que se proyectasen, completamente mudas.

De esa manera, improvisando tras comprender las situaciones de la trama, aquel joven pianista, al convertirse en uno de los mayores compositores del siglo XX ruso, pudo y gozó escribir la música para mas de 30 películas soviéticas, entre ellas la famosa “El avispón”, cuya suite escuchamos los meridanos hace como seis meses con la OSY.

La relación del cine con la música orquestal ha sido estrecha. Compositores como Saint Saens, Prokofiev, Aaron Copland y nuestro Silvestre Revueltas (“La noche de los mayas”) escribieron para la pantalla con asiduo placer. Y lo más importante: nunca pensaron que esa actividad iba en menoscabo de su talento.

En razón de esa alianza, la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY) consagró el octavo concierto de su XXIX temporada a extender ejemplos de la música escrita por el norteamericano John Williams para películas como “El extraterrestre”, “La guerra de las galaxias” y “Harry Potter” con algunas de sus secuelas. El concierto tuvo lugar anteanoche, en el amplio salón de actos del Club Campestre en donde se adaptó una pantalla para que imagen y sonoridad mantuvieran su tan atrayente dualidad.

El extraterrestre

El director de cine Steven Spielberg tuvo la idea de que los seres ajenos a este planeta —si es que existen— debían de ser pacíficos y amistosos. Así lo postuló en dos de sus películas: “Encuentros cercanos del tercer tipo” (1975) y “El Extraterrestre” (1981). Mas tarde, cambio de opinión según demuestra “La guerra de los mundos” (2002) en la que los extraplanetarios llegan a la Tierra con indudable, arrasadora violencia.

El extraterrestre, fea, pero amorosa creatura, quedó delineado musicalmente con mano sagaz en la corriente secuencial que atrajo multitudes. El encuentro con sus protectores amigos, sus ansias de retorno al hogar, el intento militar de hacerlo conejillo de indias y el famoso escape de las bicicletas voladoras alcanzaron definición propia en los pálpitos del pentagrama.

Williams toca las fibras del sentimiento asociativo, nos vuelve niños otra vez con sus crescendos de esplendoroso vigor y esos tenues lapsos en que la emoción se suaviza reflexivamente hasta el suspiro. Fue ostensible el placer de los oyentes al recuperar la voluptuosa memoria de aquella creatura que forma parte ya de la mitología fílmica.

El joven mago

Más recientes son los filmes sobre Harry Potter, el joven estudiante de magia, y sus amigos inseparables, resolviendo incógnitas sobre ellos mismos o sectores del mundo maravilloso que se divide —como era de esperarse— entre la luminosidad y las tinieblas.

Williams —quien dotara de estructura musical a cintas ya clásicas como “Superman” y el voraz “Tiburón”— utiliza en las de Potter un poderoso e impulsivo abanico temático que nuestra orquesta plasmó con pericia y animosidad. La partitura de la suite ofrecida anteanoche dibuja el singular colegio de portentos, las peripecias del héroe adolescente, su encuentro con peligros siempre renovados y llevados al límite y esas definitorias experiencias en los campos de la fiel amistad o el amor naciente.

Las galaxias

“La guerra de las galaxias” con su ya incontables ramificaciones dio vida a un cuerpo mítico del que se nutrieron las generaciones a partir de los años 70 del pasado siglo, así como las anteriores nos apasionábamos con “Tarzán” educado por los grandes monos y las interminables aventuras de “Los halcones negros”.

El sentido épico prevalece en el diseño de Williams para estos filmes que toman el espacio como escenario cambiante y siempre en riesgo. Los temas generales y específicos —la princesa, el navegador intrépido, el señor de la luz, el malévolo villano— son tratados con precisión respecto a las fisonomías y los caracteres.

El empleo de alientos para las fanfarrias se compensa con esas cuerdas que puntualizan los instantes de ilusión y afectos indestructibles. El maestro Lomónaco fue tenaz en el logro de precisas armonías y reconocible ritmo.

Prolongado, sincero, el aplauso del público, con numerosa representatividad de la juventud, mostró sus credenciales de armonía, ritmicidad y justeza.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

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