Beatriz Gamboa Lago
El 23 de septiembre de 1968, en el monasterio capuchino de San Giovanni Rotondo, Italia, dejó de existir un hombre extraordinario: el padre Pío de Pietrelcina. La noticia se difundió por todo el mundo y durante las siguientes 107 horas después de su muerte, ininterrumpidamente pasaron ante su féretro miles de personas que llegaron de Canadá, Estados Unidos, Brasil, Argentina y Europa para tocarlo por última vez.
Veinticuatro sacerdotes encabezados por el padre general de la Orden de los Franciscanos Capuchinos concelebraron la misa de sus funerales y después de la homilía se leyó el mensaje de condolencias de su santidad el papa Paulo VI.
¿Quién era ese fraile que sacudió tan fuertemente a la opinión pública del mundo? ¿Quién era ese fraile que confesaba de 12 a 18 horas diarias? ¿Quién era ese fraile que durante 50 años llevó las llagas de Cristo crucificado en su cuerpo? Su nombre: Francesco Forgioni. Nació en Pietrelcina, provincia de Benevento, Italia, el 25 de mayo de 1887, de procedencia humilde. Su padre tuvo que partir hacia América en busca de trabajo para alimentar y educar a su familia. Era un niño piadoso, que rezaba mucho y ofrecía sacrificios por los pecadores.
El 1 de agosto de 1910, a los 23 años de edad, fue ordenado sacerdote en la Catedral de Benevento. Débil de salud, pasaba largos períodos de aislamiento, los cuales dedicaba a la oración, penitencia y ayuno. Quizás esos largos períodos le sirvieron de preparación especial para los años que vendrían.
El 20 de septiembre de 1918, los estigmas en sus manos, pies y costado se hicieron visibles, por la notoriedad que adquirió, le pedía a Dios que le perdonará la vergüenza de las heridas, pero no el dolor.
La gente comenzó a llegar de todas partes del mundo. Eventualmente hubo que tomar una decisión y en 1922, el Santo Oficio intervino y declaró que no había nada sobrenatural en el caso y le prohibió al padre Pío ejercer su ministerio sacerdotal públicamente; fue confinado a la clausura. El padre Pío después de leer el decreto, humildemente aceptó y expresó: “Se hará la voluntad de Dios”.
Después de 10 años de soledad, el mandato fue retirado y se integró a su comunidad. De nuevo llegaba gente de todas partes del mundo al monasterio para conocer al “Apóstol del confesionario”. Para oír una de sus misas, la gente aguardaba horas enteras, pues decían que la paz de Cristo envolvía a todos cuando él los bendecía y no les importaba esperar días para confesarse y recibir la absolución.
Ya que el padre Pío decidió sufrir como Cristo, se le concedieron todos los dones del Espíritu Santo, privilegios extraordinarios, como sanación, bilocación y profecía.
Los testimonios de sus poderes curativos de cuerpos y almas son demasiados para ser contados.
Después de los estigmas nunca salió de San Giovanni Rotondo, pero muchos testigos juran haberlo visto en distintas partes del mundo y desde su muerte hay gente que lo sigue encontrando.
Las personas que conocieron al padre Pío hablan de él con afecto y admiración. Hoy en día, San Giovanni Rotondo es un lugar de intensa peregrinación.
Mucha gente le preguntaba al padre Pío: ¿Qué vamos a hacer cuando te mueras? Él contestaba: “Haré más desde el cielo que lo que puedo hacer aquí en la tierra y no descansaré ni entraré al cielo hasta que todos mis hijos espirituales hayan entrado”.
El padre Pío se distinguió por su gran amor a la Virgen María, decía que recibía de ella mucha fuerza, vivía con el rosario en la mano. El día antes de morir insistió: “Ama a la santísima Virgen y házla amar”.
La evidencia médica de los estigmas que provocaron los médicos es impecable. Los expertos declararon que las heridas eran genuinas.
En noviembre de 1969, catorce meses después de su muerte, se inicia la etapa preliminar de la causa para su beatificación.
En 1987, el papa Juan Pablo II, para declararlo “Siervo” en el proceso de beatificación visitó San Giovanni Rotondo y expresó: “Quisiera agradecerle a Dios habernos dado al padre Pío en esta generación, en este siglo tan alarmante. En su amor a Dios y a sus hermanos, él es un signo de gran esperanza y nos invita a todos a que no abandonemos su misión de paz y caridad”.
En el pequeño pueblo se puede ver las grandes obras que realizó el padre Pío con ayuda de sus “hijos espirituales”. Fundó un seminario para sacerdotes, un hospital para enfermos mentales, una casa de ancianos, una casa para sacerdotes enfermos y una espectacular construcción llamada “Camino a la Cruz”.
El 16 de junio del 2002, Juan Pablo II lo proclama Santo en el Vaticano, en la considerada canonización más multitudinaria de la historia de la Iglesia, reconociendo ante el mundo sus heroicas virtudes.
La misión del padre Pío la continúa su fundación y cuenta con centros de información en todo el mundo. Ya transcurrieron casi 50 años de su muerte, pero la obra de ese noble sacerdote continúa.
En la Catedral de Mérida tuvimos la oportunidad (ayer y anteayer) de recibir las reliquias de este gran Santo, tal vez uno de los más grandes del mundo moderno
