Ricardo Ascencio Maldonado (*)
“Los tiempos cambian” es una frase que decimos y escuchamos con frecuencia de los jóvenes y de los no tan jóvenes.
Efectivamente los tiempos cambian, pero gracias a la intervención humana: Nosotros provocamos cambios en el tiempo; nos adaptamos, dejamos huella, buscamos crecer soñando y tener una vida mejor a la de nuestros padres o abuelos. Hemos evolucionado muy rápidamente, de modo especial en el rubro de la ciencia y la tecnología; hemos dado grandes pasos en la búsqueda de nuestro confort.
Pero a la par de estos avances parece que estamos olvidando otros aspectos esenciales. Hay cosas que no deben cambiar en la vida y razón de existir del ser humano, esos elementos que cimientan nuestra vida personal y comunitaria.
En cada época vivimos diferentes retos o desafíos que nos hacen desarrollar nuestro potencial y poder salir adelante. En medio del acelerado ritmo de la vida diaria conviene hacer una pausa, un alto para recordar cosas importantes que no son visibles en un primer instante, pero que han sostenido, sostienen y sostendrán a nuestras familias a lo largo del tiempo.
Escribe un padre de tres hijos deseados y queridos desde el momento de su concepción, como parte de nuestro proyecto de familia. Hoy son hombres mayores y poco a poco van logrando sus sueños y cosechando éxitos. Miro mi historia y la vida de los míos, las cualidades y virtudes que tenemos, pero también mis limitaciones y las de mi familia.
Descubro que la mayoría de nosotros, como padres, hemos procurado dar a nuestros hijos todo lo posible, pero muy poco les hemos enseñado lo que significa hacer pequeños o grandes sacrificios para crecer en la vida.
El sentido de la vida
Nuestros tiempos demandan volver nuestra atención a lo fundamental, voltear a ver la manera como cada uno enfrenta sus diversas situaciones de vida. Lo material y lo económico está desplazando lo que da sentido a nuestra existencia, lo que no se puede comprar ni tocar: El amor, el respeto, la fidelidad, la honestidad, la entrega total.
Formar una familia implica aprender, dialogar, arriesgar, salir de nosotros mismos, compartir. Cada día veo un mayor número de personas que prefieren tener mascotas a tener esposa/(o), o a tener hijos; no creen en el compromiso para toda la vida o lo retrasan sujetando sus vidas a lo material: prefieren comprar una casa, un coche o viajar.
Con el argumento de que estamos en tiempos difíciles, posponen tener hijos por cosas triviales. Los hijos han pasado de ser considerados una bendición a ser una “carga” que impide seguir “disfrutando” una vida llena de placeres, muchas veces egoístas y superficiales. Nuestra sociedad pierde valores y fortalezas; en vez de generar vida, solo se piensa en la propia vida.
Amor de padres
Vengo de una familia de siete hermanos, donde mi padre y mi madre se consagraron un día en matrimonio porque se amaban; lo hicieron con valentía, sin poseer nada material, pero creyendo firmemente en los preceptos de Dios, ante quien prometieron estar juntos toda la vida. Creyeron que se harían felices uno al otro teniendo una familia ¡Y lo lograron!
Mis padres, con todo y sus imperfecciones, sacrificaron su confort y otros planes; contuvieron sus ambiciones y sus deseos, incluso sacrificaron a veces el pan que se llevaban a la boca, porque estaban convencidos que nosotros, sus hijos, éramos luz para ellos. Las satisfacciones y el cansancio que les dimos les hicieron madurar como personas y nos ayudaron a valorar lo que ellos hacían por nosotros.
Gracias a los sacrificios de mis padres pude venir a este mundo, donde he sido amado por mi familia; gracias a las oportunidades que me dieron pude crecer y formar más adelante mi propia familia, de la cual nuestros hijos son el eje principal alrededor del cual vivimos.
Existo gracias al amor que busca darse, busca compartir. El sacrificio amplio, intenso y, por momentos, doloroso de mis padres, les hizo ir más allá de lo inmediato y generar vida, pues la familia ante todo es un espacio donde aprendemos a ser, más que a solamente tener.
La pregunta que hoy deben hacerse nuestros hijos jóvenes es si están dispuestos a seguir aprendiendo, a sacrificarse por hacer las cosas bien, para su propio bienestar. Por mis hijos y con ellos he sufrido y me he cansado, pero también he aprendido a vivir intensamente sabiendo que son el motor por el cual trabajo. Ellos dan sentido auténtico a mi vida.
He decidido, he vivido, y sueño con que ellos vivan, decidan y sean mejores que yo, sin olvidar plantearse metas y luchar por ellas con responsabilidad; comprometerse con sus parejas, y si un día Dios les concede tener hijos, aprender con ellos lo que significa el don de la paternidad.
Cada uno de nosotros existe por el amor-sacrificio de nuestros padres. ¿Nuestros hijos están dispuestos a amar y sacrificar?
Empresario agroindustrial
