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Presbítero Manuel Ceballos García

“Yo soy el Pan de Vida…”

“Maestro, ¿cuándo llegaste acá?”. Ante esta pregunta que le hizo la gente, Jesús les dijo que solo le buscan porque les había dado de comer y no porque hayan entendido el milagro de la multiplicación de los panes. Pero la misión de Jesús no consiste en resolver milagrosamente los problemas materiales de la gente. Mejor sería que le buscaran y se afanaran por recibir el alimento de su palabra, que da la verdadera vida, la que no perece: es el alimento por el que trabajan.

De acuerdo con la mentalidad judía y farisaica, estos hombres se fijan en la palabra “trabajar” y le piden a Jesús que les diga cómo pueden ocuparse en las “obras” que Dios quiere que hagan. Pero la única obra buena que Dios quiere es la fe en Jesucristo para que tengamos vida. La vida que Jesús ofrece es gracia y no puede alcanzarse como “salario” de las buenas obras; no obstante, la fe es siempre una respuesta libre del hombre y, en este sentido, puede considerarse como la única ‘obra’ que Dios quiere, el único ‘trabajo’ exigido para colaborar en el proceso de la salvación que Dios espera en el hombre.

Hoy conviene recordar estas palabras del libro de la Sabiduría: “Tú sacias el hambre de tu pueblo con el alimento de los ángeles, capaz de procurar toda delicia y satisfacer todo gusto; este alimento tuyo manifestaba tu dulzura hacia tus hijos” (16, 20-21). Jesús afirma que el suceso del maná del Éxodo ahora se estaba realizando, pero de forma suprema y definitiva. Dios Padre ofrece a la humanidad el “pan verdadero”, el único que definitivamente “baja del cielo y da la vida al mundo”.

Jesús afirma solemnemente: “Yo soy el pan de vida”. Jesucristo es el verdadero maná, signo perfecto del amor de Dios por su pueblo. Como ya había afirmado el libro de la Sabiduría, el maná había sido dado para que “tus hijos, a quienes amas, entendieran que no solo las diversas especies de frutos alimentan al hombre, sino que es tu Palabra la que conserva en vida a los que creen en ti” (16, 26).

Jesús termina su explicación con una frase de gran tensión espiritual: “El que viene a mí ya no tendrá hambre y el que cree en mí ya no tendrá más sed”. Jesús se presenta como la meta última de la búsqueda constante y ansiosa de la persona. En el desierto de la historia, el ser humano es tentado por muchos “alimentos” aparentemente buenos y sabrosos pero cuyo sabor al final es amargo y el efecto a veces venenoso, ya que, en realidad lo que hacen es aumentar la sed y dejar seca la garganta.

Frente a ciertas ideologías, experiencias religiosas exóticas que aturden, Jesús se presenta como alternativa válida.

 

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