Mensaje de Juan Pablo II a su llegada a Mérida el 11 de agosto de 1993.- Foto: Megateca

Texto íntegro del mensaje de Su Santidad Juan Pablo II a su llegada a Mérida, el 11 de agosto de 1993, procedente de Kingston, Jamaica:

Señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos.

Venerables hermanos en el Episcopado.

Autoridades.

Amadísimos hermanos y hermanas.

Me llena de gozo encontrarme nuevamente en esta bendita tierra de México, que por los designios de Dios recibió la buena nueva de salvación hace cinco siglos y que a lo largo de su historia ha dado tantas muestras de vigorosa fe cristiana y de fidelidad a la Iglesia.

Al evocar las entrañables jornadas compartidas con los amadísimos hijos e hijas de este noble país durante mis precedentes visitas pastorales, vienen a mi mente y a mi corazón el recuerdo de los grandes valores que adornan al pueblo mexicano, sus acendradas raíces cristianas, la fe y piedad de su gente, en especial la devoción mariana, su sentido de acogida y de hospitalidad, su tesón ante la adversidad, su espontáneo cariño al Sucesor de Pedro.

Me complace saludar en primer lugar al señor Presidente de la República, que acaba de recibirme en nombre también del gobierno y del pueblo de esta querida nación y le expreso mi viva gratitud por las amables palabras de bienvenida que ha tenido a bien dirigirme, así como por la invitación a visitar esta entrañable tierra yucateca. Saludo igualmente a las demás autoridades civiles y militares a quienes manifiesto también mi reconocimiento por su presencia y por su colaboración en la preparación de los actos programados.

Mis expresiones de gratitud se convierten en abrazo afectuoso a mis hermanos obispos, en particular al señor cardenal Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo de México; a monseñor Adolfo Suárez Rivera, arzobispo de Monterrey, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, y al arzobispo de esta Arquidiócesis de Yucatán, monseñor Manuel Castro Ruiz. En esta circunstancia no puedo por menos que dedicar un recuerdo emocionado a otro benemérito pastor que hoy habría estado aquí presente entre nosotros si la bárbara e injustificable violencia no hubiera segado su vida, el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, arzobispo de Guadalajara.

Mi pensamiento se dirige también a los queridos sacerdotes, religiosas, fieles cristianos, así como a todos los hijos de la gran nación mexicana desde Yucatán hasta Baja California, a quienes envío a través de la radio y la televisión mi saludo lleno de afecto.

Con este viaje apostólico —siendo todavía recientes las conmemoraciones del quinto centenario de la llegada del Evangelio al Nuevo Mundo—, quiero, sobre todo, rendir homenaje a los descendientes de los hombres y mujeres que poblaban el Continente Americano cuando la cruz de Cristo fue plantada aquel 12 de octubre de 1492. Ellos son continuadores de nobles pueblos y culturas que con legítimo orgullo pueden gloriarse de poseer una visión de la vida permeada de sentido religioso. Doy fervientes gracias a Dios que me concede tan deseado encuentro con los hermanos indígenas a quienes presento ya desde ahora mi saludo entrañable.

Vengo como Heraldo de Cristo y en cumplimiento de la misión confiada al Apóstol Pedro y a sus sucesores de confirmar en la fe a los hermanos. Vengo como peregrino de amor y esperanza con el deseo de alentar el impulso evangelizador y apostólico de la Iglesia en México. Vengo también para compartir vuestra fe, vuestros afanes, alegría y sufrimientos, vengo a celebrar en esta bendita tierra del Mayab —cuna de una gloriosa civilización— a Jesucristo, que confió a su Iglesia la tarea de proclamar en todo el mundo su mensaje de salvación.

La Iglesia católica, que ha acompañado la vida de esta nación durante cinco siglos de su historia, renueva su voluntad de servicio a la gran causa del hombre, a la dedicación de la civilización del amor que haga posible una sociedad más justa y fraterna en la que el ideal de la solidaridad triunfe sobre la caduca pretensión de dominio. Con esta visita quiero también reafirmar el empeño de los católicos mexicanos en pro del bien común y animarlos a un esfuerzo aún más generoso.

Con la confianza puesta en Dios y sintiéndome muy unido a los amados hijos de México doy inicio a mi visita apostólica que encomiendo a la maternal protección de Nuestra Señora de Guadalupe, mientras bendigo a todos, pero de modo particular a los pobres, a los enfermos, a los marginados y a cuantos sufren en el cuerpo y en espíritu.

Alabado sea Jesucristo.

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