“Ven y sígueme”
El joven del evangelio de hoy muestra admiración nada común por Jesús y un respeto hacia su persona, pero no un reconocimiento de su dignidad mesiánica y mucho menos de su divinidad. Para este joven rico Jesús es un simple hombre; por eso Jesús le advierte que solo Dios es bueno, que en sentido propio y absoluto solamente a Dios se le debe llamar “Maestro bueno”.
Jesús respondió a la pregunta del joven y le citó los Mandamientos, señalando, a modo de ejemplo, únicamente los que se refieren a los deberes para con el prójimo. Este joven sería un idealista que no se conformaba con las normas generales de la Ley; un joven honrado, un hombre justo que cumplía efectivamente con las exigencias de la Ley. Su sinceridad y su honradez merecieron que Jesús le mirara con complacencia y con amor.
Jesús propuso a ese joven que, en vez de pasarse la vida haciendo limosnas, las hiciera todas de una sola vez y que le siga. Porque, más allá del cumplimiento de todos los mandamientos de la ley de Dios y de la ayuda practicada a los pobres, está en camino del seguimiento de Cristo. Dejar las riquezas es importante, pues el hombre queda libre para seguir al Señor.
Los bienes materiales poseídos en abundancia excesiva son un muro insuperable que obstaculiza la conversión y el seguimiento de Cristo. Solamente un milagro realizado por la gracia divina para la que nada hay imposible, puede arrancar al rico de su idolatría y de su egoísmo e introducirlo en el itinerario trazado por el Cristo sufriente y pobre.
Cristo se manifiesta hoy radical y exigente; al discípulo le exige una elección total y sistemática, libre de compromisos y acuerdos, porque el encanto de las riquezas es poderoso y lacerante. La elección entre el Dios vivo y las riquezas muertas, entre la carne sufriente del hermano y el oscuro frenesí del goce, del derroche o de la acumulación, es una de las decisiones supremas que, a menudo, se resuelve en el abandono del Señor.
Jesús no pide al joven que haga como el griego Cratete, que sugería echar al mar todas las joyas que se poseían. Al joven rico del evangelio de hoy le dice: “Ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”. La victoria sobre la fascinación del “tener” se obtiene en el donar y en el “ser” personas libres y generosas para dejar irrumpir en sí mismas a Jesucristo y su evangelio. Porque “no basta, escribió G. Bernanos, vaciar el corazón del yo y de las riquezas; hay que llenarlo de Dios, de la vida, de la sabiduría, del infinito”.- Presbítero Manuel Ceballos García
