Presbítero Doctor Manuel Ceballos García
En la antigua comunidad cristiana había un verdadero deseo por el retorno de Jesús. La oración común que recitaban todos era: “Ven, Señor Jesús. ¡Ven!”. Con el tiempo fue desapareciendo ese deseo y hasta la esperanza se fue marchitando. ¿Por qué? Porque para muchos creyentes la segunda venida del Señor tendría un sentido judicial: el Hijo del hombre vendría como Juez y eso produce un cierto miedo.
Se olvidó aquella afirmación de Jesús: “Entonces vendrá el Hijo del hombre con poder y majestad… ¡Levanten la cabeza porque se acerca la hora de su liberación!”. Es cierto que se anuncia un juicio final sobre la vida, pero no será una sentencia pronunciada por un juez terrible. Será una especie de autoevaluación de la propia vida a la luz de la infinita misericordia del Redentor.
Jesús exhorta a la vigilancia. Vigilar es estar atentos a lo verdaderamente importante y decisivo, a la venida del Señor. El que vigila está siempre en pie y dispuesto a cumplir la voluntad de Dios; vive en el mundo de puntillas, tenso por la esperanza y constante en la oración. ¿Qué otra cosa es orar, permanecer vigilantes en la oración, que estar abiertos y dispuestos a recibir la sorprendente venida del Señor? Los que así viven no tienen nada que temer.
Así pues, hoy escuchamos de nuevo las expresiones, no siempre fácil de interpretar en el llamado “discurso sobre las realidades últimas” que nos trae el texto del evangelio según San Lucas. Impresionan, sobre todo, las imágenes tempestuosas y apocalípticas, usadas para indicar simbólicamente la irrupción eficaz de Dios en la historia confusa de las gentes. Pero hoy nosotros nos detenemos en una imagen ligada a casi todo el mensaje de Jesús, la de la noche y el día. La oscuridad supone un sueño, la pesadez del cuerpo y del espíritu, el abandono inerte, la telaraña misteriosa de los delitos nocturnos y escondidos, las fantasías evanescentes de los sueños.
El alba, en cambio, marca el paso a la acción, a la tentación, al estar despiertos y vigilantes, al “levantar la cabeza”, al pensar, al esperar. Cristo opta por la luz del día y quiere que sus discípulos salgan de la noche, del vicio, de la indiferencia, de los lazos que nos ligan a las cosas materiales. Quiere que los discípulos se pongan en pie y levanten la cabeza hacia la luz, el amor, la verdad. Entonces, hagamos emerger durante este tiempo litúrgico de Adviento un nuevo perfil del cristiano: gente de justicia, peregrinos por el camino recto, ciudadanos del día y de la vida.
