Manuel Ceballos García
Hagan lo que Él les diga
El sentido liberador del Evangelio se muestra también en medio de la vida cotidiana y no solo en momentos excepcionales y situaciones extremas.
En este caso el Evangelio de la vida, y de la vida abundante, se proclama hoy en medio de una fiesta de bodas en Caná de Galilea.
Se explica uno perfectamente que llegara a faltar el vino y se imagina el apuro de los novios, si tenemos en cuenta la larga duración de las fiestas nupciales; pues cuando la novia era soltera llegaban a prolongarse hasta siete días, mientras que duraban tres cuando era viuda. Es posible que la Virgen María acudiera a las bodas ya al principio de la fiesta y que ayudara a prepararlas, lo cual le permitiría hacerse cargo del problema cuando empezó a escasear el vino. Jesús llegaría más tarde con sus discípulos.
Aunque Jesús no había hecho todavía ningún milagro, María pudo pensar que ya era la hora de manifestarse a la gente. Al menos podía suponerlo viéndolo rodeado de discípulos. La respuesta de Jesús debió ser de gran importancia para el evangelista, aunque a primera vista no la entendamos muy bien. Jesús la llama “mujer”, y María le ayuda en la preparación del milagro.
La frase en sí que escuchamos en este relato del cambio del agua en vino (“¿A ti y a mi qué, mujer?”) ha servido para muchísimos comentarios, pero lo más seguro es que se trate de —según los cánones de la cortesía del Medio Oriente— de desinterés respecto de una acción propuesta. La palabra “mujer” es muy normal en labios de Jesús durante sus conversaciones con otras mujeres como la samaritana, la mujer adúltera y en la escena final de la cruz.
Para san Juan esa “hora” de la que habla Jesús es el gran momento de la muerte y de la glorificación de Cristo, fuente de salvación para la humanidad. De lo que se trata es que Jesús no quiere hacer prodigios espectaculares, ni siquiera para complacer a su mamá ni para solucionar un problema concreto cotidiano. Jesús quiere ofrecer sólo revelaciones de su misterio divino. Eso es lo que comprendió María y, por eso, dijo a los sirvientes: “¡Hagan lo que Él les diga!”
Entonces, seis tinajas de piedra llenas de agua, con capacidad entre 80 y 120 litros cada una, se transformaron en barriles de vino tan exquisito que llamó la atención del mayordomo, del familiar encargado de dirigir el banquete nupcial, según la costumbre de Oriente. Esa abundancia del vino (símbolo de los tiempos mesiánicos), nos quiere comunicar que Jesucristo es “el vino bueno”, el obsequio perfecto de nuestro Dios Padre. Y, junto a Él, está la Virgen María, el modelo del verdadero creyente, la que siempre estuvo dispuesta a escuchar y a poner en práctica la Palabra de Dios.
