María Elena Mendiola (*)
Estracto de un artículo escrito sobre reciente actuación del pianista Rafael Gutiérrez Vélez
Dotes naturales, inteligencia, musicalidad, muchos años de riguroso estudio académico, no bastan para dar como saldo un gran pianista. Tiene que haber el componente de la ecuación que aporta el toque “mágico” el talento, puro y simple. Y Rafael Gutiérrez, lo tiene.
Graduado del conservatorio Tchaikovsky de Moscú en 2018, bajo la tutela de Elena Richter, exhibe hoy, aparte de un arsenal técnico completo, un amplio espectro y dominio de los diferentes estilos del patrimonio pianístico legado a la humanidad, por los grandes genios de la música, desde Bach, Mozart, Beethoven, hasta nuestros días.
Una demostración de Arte Mayor, que no concuerda con su juventud, dio anoche (el viernes 1) en el Peón Contreras, este joven pianista. Cuatro sonatas, que pudieran ubicarse en dos grupos de continuidad, el primero: Haydn-Beethoven y el segundo: Scriabin-Szymanovsky, ponen en evidencia que no hay duda de que estamos ante un pianista que posee las cualidades que se requieren para ser catalogado de artista.
El reto mayor: lograr la progresión necesaria en el sonido-Haydn y el sonido- Beethoven para conseguir la proporción áurea. Maestro de maestros del período Clásico, Joseph Haydn compuso en todos los géneros de la música instrumental y dentro de esto, más de 60 sonatas para piano, entre ellas, la Sonata un piccolo divertimento en fa menor, de 1793.
En esta obra de madurez del compositor, Gutiérrez hizo su discurso con el comedimiento expresivo, conducción de los planos dinámicos y un cuidadoso fraseo a la altura de las más finas porcelanas de la época. Cada piano, cada forte, tuvo la intensidad justa, a sabiendas de que a continuación, los pianos y los fortes de les adieux de Beethoven iban a ser de otra dimensión. Haber hecho semejante demostración de su cultura de estilos, habló de algo que trasciende los conocimientos académicos y la técnica pianística: digámoslo simple: talento, puro y verdadero.
Les adieux, op 81a. vigésimo sexta sonata de Beethoven, de las 32 que compuso, ya entra en la etapa tardía del genio de Bonn, que anticipa el pianismo lisztiano. Y ahí sacó Gutiérrez los tonos claro-oscuros que caracterizaron su etapa intermedia y tardía. Aquí el pensamiento del creador, se permite transitar abruptamente del estado de quietud a la turbulencia emocional y el pianista supo trasmitir a la perfección cada uno de los estadíos anímicos de la despedida, la ausencia y el regreso.
Prudencia de sabio mostró Gutiérrez-Vélez al separar con un descanso las dos restantes obras del programa: la cuarta sonata del ruso Alexander Scriabin y la segunda sonata del polaco Karol Szymanovsky. En estos dos compositores, ya está metabolizada la herencia de Chopin y Liszt más el cromatismo de finales del XIX de Wagner y Cesar Frank que condujeron a las escuelas atonales de comienzos del XX de Schoemberg y sus seguidores.
Una vez dejada atrás la etapa post chopiniana de los estudios op 8 y op 42, Scriabin se adentra progresivamente en un pensamiento esotérico que separa su lenguaje de la tierra para moverse por las esferas del pensamiento místico. Su cuarta sonata inicia este período que paulatinamente se alejará de lo terrenal y corpóreo hasta alcanzar las alturas poco oxigenadas de su décima sonata, el Poema del éxtasis y Prometeo, el poema del fuego.
Indudablemente, haber realizado sus estudios superiores en Rusia, le da ventaja para captar con exactitud las ideas filosóficas del supra hombre de Nietzsche que permearon la mente de Scriabin a partir de 1906, que lo condujeron a su postura sinestésica de concebir la música a través de los colores.
Del comedimiento de Haydn y la exteriorización de las emociones beethovenianas de Les adieux, Gutiérrez se transforma en el pianista bipolar que requiere la cuarta sonata: de la contemplación zen a la explosión del prestissimo volando del final. Contados pianistas han abordado con éxito la obra de este ruso singular, entre ellos, los legendarios Vladimir Horowitz y Sviatoslav Richter. Me atrevo a afirmar que Rafael Gutiérrez Vélez quedará registrado entre esos pocos.
En la segunda parte del programa, Vélez sacó sin aspaviento alguno la “artillería pesada” que requiere la segunda sonata de Szymanovsky. Luego de haber transitado por sonoridades progresivamente mayores, aquí desplegó todo el poderío dinámico de las obras pianísticas de comienzos del siglo XX. Mostró un perfecto entendimiento del manejo del cromatismo extremo que caracterizó a coetáneos suyos como Sibelius y el Rachmaninov tardío. Su demostración final, la espectacular fuga con que termina la obra pone de manifiesto que estamos ante un artista que no hace concesiones de ningún tipo, que elude la complacencia y el facilismo a la hora de seleccionar su repertorio, pero lo más importante, que México cuenta (y en particular Yucatán) con un pianista que posee lo que se necesita para ubicarse en los circuitos internacionales: nivel técnico de competitividad y lo que es más importante: talento en expansión.
Directora de orquesta. Catedrática de la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY)
