Agrada al público el desempeño del director polaco
Arrebatos de Beethoven y regocijos en libertad del Tchaikowski tan amado, junto a una suite danzable entretejida por el francés Jules Massenet llenaron de bellas certidumbres del siglo XIX el séptimo programa de la XXXII temporada de la Sinfónica de Yucatán.
De nuevo como visitante entre nosotros, el habilidoso director polaco Bartosz Zurakowski presidió anteanoche la velada en el teatro sede, el Peón Contreras, y como primera impresión evadió cualquiera de esas oberturas de cajón para seducirnos nada menos que con la Sinfonía No. 8 Op 93 de don Ludwig. ¿Por qué esperar? De una vez a las alturas.
¿Quién entiende las peripecias del corazón humano? En una época en que la vida lo trataba con mayor insidia tanto en el amor como en salud, don Ludwig sintió fluir en su gigantesco espíritu un requerimiento de humor, de ligereza y olvido de cualquier desasosiego.
Váyase a saber por qué concibe y lleva adelante una sinfonía en Fa mayor no muy extensa, con cuatro movimientos en la que no contempla utilizar un tiempo lento y ubica un scherzo y un minueto entre dos allegros vivaces, todo el conjunto con detalles de buen ánimo y lapsos juguetones.
La sinfonía beethoveniana más festiva y desenfadada —la Octava— nos trajo, desde las manos del invitado polaco, ese esperanzado bullir que acompaña al hombre como un detente ante el abatimiento y males de humor. El malencarado hijo de Bonn se permite, por un instante, sonreir como un joven que arroja los pesares por la ventana.
Con brío, un allegro cruzado por contrastes se abre camino. Hay súbitos fortísimos y lapsos tenues. A un tema vigoroso sigue otro de gracioso melodismo. Después, el scherzo celebrado por evocar los exactos golpes del metrónomo, artefacto inventado entonces por un amigo de Beethoven.
La lectura del director polaco no logró plena maduración con ese minueto ya depurado de superficialidad palaciega, más próximo al sabor popular que la voz del clarinete mide y recalca. Como tiempo final, un allegro vivace cargado de optimismo con un tema rítmico y su contraste —melodioso— que los violines generan. Tras un brioso desarrollo, el primer tema se impone con vehemencia. El público manifestó su agrado por la agradable versión del invitado polaco.
Suite para ballet
Da pena decirlo, pero de Jules Massenet el gran público únicamente conoce ese adorable solo para violín que estaba insertado en el segundo acto de la opera “Thais” y reconocemos con el nombre de “Meditación” religiosa.
De otra de sus óperas, “El Cid”, en los tiempos actuales jamás representada, se seleccionaron siete melodías españolas para un ballet con resonancias románticas y que anteanoche pudimos disfrutar en cuidada versión de don Bartosz.
Abre la suite una castellana que resulta sobria junto a la siguiente danza, una andaluza con repiques de sensualidad gitana. Igualmente alegre y bien lograda resultó la famosa aragonesa, aunque parece ser que el instante más pleno fue esa madrileña que se enfila en penúltimo lugar.
Un capricho
Si en la vida real se llama capricho a una conducta arrebatada y terca que conduce al berrinche, en música dio en conocerse como emblema de una composición muy libre que permitía al autor gran desenvoltura en cuanto a movilidad temática.
Tchaikowski estaba en 1880 un poco harto de sus clases en el Conservatorio, además que abrumado por el perpetuo temor a sus apetencias homosexuales, así que su amiga y protectora, la riquísima señora von Meck le costeó un paseo de tres meses por Italia.
Sabemos por una carta a su benefactora la fuerte impresión que a don Pietr le causara el contraste entre la fría atmósfera de su patria y el entorno de ciudades como Nápoles, Venecia y Roma. Se sintió libre, lejos de miradas inquisitivas, y abrió los oídos para atrapar melodías.
El director polaco obsequió una muy precisa interpretación de ese Capricho italiano que —como el Capricho español de Rismky Korsakov— rebosa vitalidad y amor al paisaje. El director visitante resolvió ágilmente esta escapatoria del autor ruso de sus fatigosas rutinas como maestro y celebridad pública.
Se abrió un enorme pañuelo y cayeron sones napolitanos de callejas infestadas de picaros, tarantellas advertidas en nupcias campestres, pasacalles y zarabandas. El director huésped nos llevó a respirar todo ese ambiente con entusiasmo. Fue tan notorio el agrado del público al reiterar sus aplausos que el señor Zurakowski obsequió un numero extra: la Polonesa concertante de Stanislao Moniuszko.— Jorge H. Álvarez Rendón
