Presbítero Manuel Ceballos García
“Velen, estén preparados”
La alusión a los días de Noé antes del diluvio se hace para explicarnos cómo la venida del Señor será repentina y sin previo aviso. A diferencia de lo ocurrido cuando la destrucción de Jerusalén, no hay señales claras que determinen el momento del fin del mundo. Por eso los hombres harán su vida como si tal cosa y serán sorprendidos como lo fueron en tiempos del diluvio.
La venida del Hijo del hombre, la parusía, sorprenderá a los hombres en medio de sus faenas y diversiones. No todos serán elegidos y congregados de los cuatro vientos de la tierra por los ángeles. Uno será tomado y el otro dejado. Los hombres, que han crecido juntos, como la cizaña y el trigo, serán separados en aquel día del juicio. Para los justos será un juicio de salvación; para los impíos, será un juicio de condenación.
La breve parábola del dueño de casa que no puede dormir despreocupado porque no conoce la hora en que el ladrón pueda robarle, señala claramente cuál debe ser la actitud del cristiano. Así que la espera de la venida del Señor, que vendrá repentinamente como un ladrón que no anuncia la hora de su visita, lejos de ser una buena excusa para evadirse de todos los problemas, es una severa advertencia para vivir atentos a la hora de nuestra responsabilidad.
Así pues, la imagen es transparente. La fuerza del ladrón está precisamente en la oscuridad y en la sorpresa: afortunado ese papá que en aquella noche estará despierto, listo a reaccionar cuando aparezca el ladrón. Pues bien, toda entrada de Dios en nuestra historia personal es libre y misteriosa, no se puede calcular con previsiones cronológicas como pretenden hacer ciertas sectas. Entonces, es necesario ser personas despiertas, no adormecidas en la indiferencia. Es necesario tener los ojos bien abiertos para descubrir la presencia y oídos atentos para escuchar los pasos y las palabras del Señor.
La “noche del espíritu”, afirma san Pablo, es la inmoralidad con todo su perverso cortejo: “comilonas, borracheras, lujurias, desenfrenos, pleitos y envidias”. En cambio, el día del espíritu lo describe san Pablo como un despertar: cuando se despierta del sueño por la mañana, uno se reviste y se prepara para las pequeñas luchas cotidianas: uno se reviste con sus armas de la luz, uno se reviste del Señor Jesús, transformando su existencia en un signo luminoso de honestidad, de coherencia, de pureza y de limpidez interior…
Las noches volverán, pero el creyente sabe que no está solo en este viaje de la vida.
