Fernando Saint Martin y la OSY honran a Mozart
Mozart. Así en directo. Ni más ni menos. El intercesor supremo entre los oyentes y el clasicismo más puro y fervoroso. Y Mozart a través del piano, su elemento predilecto. También algo de Beethoven, por aquello de prevenir el aniversario de su natalicio, y la efusión de unas danzas checas del muy religioso señor Dvorak.
Así limitaríamos el perímetro de tránsito dentro del segundo concierto de la XXXIII temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), anteanoche, en su teatro sede, el José Peón Contreras.
El pianista Fernando Saint Martin arribó como visitante y ciertamente daría relieve a la noche con ese generoso rango que otorgó a la lectura mozartiana atenido a la batuta del maestro titular, Juan Carlos Lomónaco.
Inició el recital con alma y cuerpo del huraño caballero de Bonn. La obertura que encabeza las diez piezas que arroparon la puesta en escena de Egmont, tragedia en verso del poeta Goethe. Himno a la libertad, al derecho de los pueblos a gobernarse sin tutelas extranjeras. Con este bocadillo, nuestra orquesta nos dejó entrever ese vigoroso alegato de Beethoven que vendrá más adelante desde obras con mayor calado.
Por intermedio del Concierto no. 21 en Sol Mayor, uno de los más bellos y admirados de Amadeus en sus años de expansión vienesa, cobró vida la centella del salzburgués celeste que se volvía síntesis de ritmo y perfección armónica en aquellos recitales públicos que solía ofrecer.
En variable complicidad con la orquesta, concentrado, límpido en fraseo, apropiado en el tiempo, Saint Martin subió y bajó por la montaña bien definida del concierto, en esos tres movimientos (sobre todo, el segundo, de quejumbrosa melodía, con exigencias de precisa delicadeza) que aletean vigorosamente y se elevan con lapsos ya sea de euforia o murmurante intimidad.
Durante esa jovial cosecha de entusiasmo que provoca el trepidante rondó final, el público disfrutó con el vertiginoso peregrinar de las manos del solista invitado bordando trinos y enlazando escalas que travesean en intercambios dialécticos con la orquesta por ese portentoso tapiz del pentagrama legado por don Wolfgang. Los aplausos fueron tan insistentes que don Fernando regaló una pieza de Manuel M. Ponce.
Danzas eslavas
Un día que estaba de buen humor, don Johannes Brahms le aconsejó a Dvorak que escribiese danzas basadas en el folclor de su tierra. Así surgieron las dos colecciones que tanto arraigo han tenido en el gusto universal de las salas de concierto: las Danzas eslavas No 46 y 72.
La primera colección nos fue extendida con todo su colorido y desenfado de tono popular. Plena de carácter se advirtió a nuestra orquesta (qué rapsódicos violines). Las ocho danzas —sosedkás, dunka, polka, kocnas y furiant— algunas campiranas y otras más intimistas contagiaron al público con su ritmicidad como si fuesen invitaciones para olvidarse de todo y danzar por los pasillos.
Los afiliados a estos recitales de nuestra orquesta ya se soban las manos de alegría a la espera del próximo, tercer concierto de temporada con una obra magna: el Concierto para violín de don Ludwig Van Beethoven bajo la custodia de una virtuosa venezolana.— Jorge H. Álvarez Rendón
