Presbítero Manuel Ceballos Gárcía

Ellos, dejando todo, siguieron a Jesús

El arresto y la prisión de Juan Bautista, el descontento que esta medida política había causado en el pueblo y la vigilancia de las autoridades sobre todo cuanto ocurría en la ribera del Jordán, obligaron a Jesús a cambiar de residencia y a elegir como centro de su acción evangelizadora la ciudad de Cafarnaún.

San Mateo nos dice que Jesús comienza su vida pública y su misión en tierras de Galilea. Lo mismo que su precursor, el Bautista, Jesús predica penitencia ante la aproximación del “Reino de los cielos”.

Penitencia significa tanto como conversión o cambio de sentido en la vida personal y social, cambio de la mente y del corazón, obediencia a la voluntad de Dios que viene para que se haga la justicia y ocurra la salvación de todas las personas.

“Reinado de Dios”

“Reino de los cielos” es lo mismo que “Reino de Dios”. Pero, como la palabra “reino” evoca más bien una realidad estática, por eso sería preferible hablar de “Reinado de Dios”. El advenimiento de este reinado libera a los hombres de la esclavitud del pecado. Dicho Reinado de Dios ha comenzado ya en Jesucristo, que vino al mundo para cumplir toda la voluntad del Padre. Cuando Dios sea “todo en todos”, al fin de los tiempos, el Reinado de Dios llegará a su plenitud y habrá paz y justicia y se manifestará que Dios ha querido reconciliar todas las cosas en la sangre de su Hijo.

Luego, san Mateo narra el episodio de la vocación de los primeros apóstoles con la orden tajante de seguirle; ellos, ante la irrupción de Dios en su historia personal, dejaron caer las redes y se embarcaron en una aventura mucho más misteriosa de la que vivían sobre aquel lago a menudo infiel pero también rico de peces. La última noche de su vida terrena, en el Cenáculo, Jesús les recordará a sus discípulos: “No fueron ustedes los que me eligieron, sino que yo les elegí a ustedes”.

Los que no buscaban

En toda vocación hay en la raíz una gracia, un amor. San Pablo escribirá, citando un texto del profeta Isaías: “He sido encontrado, dice el Señor, por aquellos que no me buscaban” (10,20). Porque la persona puede estar distraída, puede huir como Jonás hacia la otra parte del mundo en donde se ilusiona que no estará Dios, e incluso puede caer en el abismo de la desesperación y en la tiniebla del pecado, pero también allí nos alcanzará el Señor.

Entonces la decisión más importante es la de dejarse conquistar, la de no estar huyendo toda la vida, la de no cerrar los ojos ante los signos que Dios nos presenta

Como decía san Agustín, debemos tener miedo de dejar pasar en vano a Dios delante de las puertas de nuestra casa y de nuestra vida.

 

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