Presbítero Manuel Ceballos García

“Amen y hagan el bien a sus enemigos…”

La “Ley del Talión” se basaba en el principio de retribución: haz lo mismo que te hagan. Jesús negó que siga siendo válido aplicar este principio y afirmó que sus discípulos nunca deben buscar la venganza. Deben, más bien, aceptar la humillación, estar dispuestos a sufrir la injusticia que se les haga y prestar el servicio necesario y requerido. Eso debe ser así desde la aceptación de la voluntad de Dios.

Por lo tanto, Jesús elevó el principio del amor al prójimo, limitado por los judíos sólo a los del propio pueblo, a categoría universal, sin hacer ninguna clase de distinción. No hacerlo así equivale a quedarse al nivel de los publicanos que, por solidaridad, sólo estaban unidos entre sí y se amaban entre ellos mismos; o al nivel de los paganos. Y partiendo de un principio aceptado por los judíos, “debe imitarse la conducta de Dios”, Jesús estableció el principio del amor universal. Dios no hace distinciones, hace salir el sol para todos. Es una nueva visión e interpretación de Dios, ya que los judíos consideraban que tenían preferencias casi en exclusiva ante Él.

Así pues, Jesucristo propone a sus discípulos un salto de calidad, el de superar la pura ley de la justicia para entrar en la del perdón y de la no-violencia. Son célebres los tres ejemplos que Jesús presenta para iluminar su propuesta: la mejilla ofrecida al golpe, el manto cedido además de la túnica y la marcha forzada.

De este modo, el católico no se debe contentar con el simple equilibrio de la justicia. Está invitado a ir más allá, hacia un testimonio altísimo y sorprendente, tratando de restablecer una relación humana con el enemigo, superando el amor e inaugurando una nueva estrategia de relaciones humanas y sociales.

La última prescripción obliga, en forma imperativa, a la perfección. Una perfección que consiste en que nuestra vida y actividad constituyan una unidad. Todas para Dios y sin establecer distinciones ni parcelaciones en el campo de la vida humana.

Contra todas las mezquindades de los cálculos y de las convenciones, el evangelio es un llamado al riesgo continuo de perdonar y amar. El católico debe tener la valentía de desarmarse y seguir el camino de la paz. Ciertamente, un camino largo que conoce esperanzas y condicionamientos históricos, pero un camino que no hay que traicionar.

 

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