Gonzalo Navarrete Muñoz(*)
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vio una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor que al principio la creyó giratoria; luego comprendió que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba.
El diámetro de la esfera sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución del tamaño.
Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque la veía desde todos los puntos del universo. Vio el populoso mar, vio el alba y la tarde, vio las muchedumbres de América, vio una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vio un laberinto roto (era Londres) vio racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vio convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vio las sombras oblicuas de unos helechos en un suelo de un invernadero, vio tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vio todas las hormigas que hay en la tierra, vio un astrolabio persa, vio su cara y sus vísceras, vio tu cara…
Vio ese objeto secreto y conjetural que los hombres llaman Universo. Yo, en un espacio más amplio, he conocido estos días Luxemburgo y he visto la vajilla del Castillo de Windsor servida para una cena en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, vi el chocolate que hace levitar en Macondo y hablé largo y tendido con Juan Preciado.
Sé por Edgar Allan Poe que el móvil de cualquier crimen es esa región primitiva y salvaje de los hombres y que hay que desconfiar de los “testigos” como de los helenos cuando regalan.
Hace unas noches me contó Sor Juana cómo murió de una hereje epidemia que azotó el Convento de San Jerónimo y la admiré más que nunca, la vi humana y no semidivina como la contemplaba a través de sus versos y sus textos inagotables, me hubiera gustado haberle besado la frente, ocurrirá: no pierdo la esperanza.
Visité Vigía Chico, la casa de Hemingway en Cuba. ¡Una belleza! Senté el sabor de ciertos escargots que comí en el restaurante Julus Verné en la Torre Eiffel, contemplando un París que padecía de irrealidad, por efecto del vino que había tomado.
Vi el episodio de la Tour d’ Argent, pero sería indecoroso relatarlo. Vi las fiestas de El Gran Gastby y he repetido las tonadas de los Beatles en las integrales horas de insomnio. Oí el justo momento en que don Juan le preguntó a la estatua : “¿De quién es el entierro?”, para entender la respuesta: “El tuyo”. Así es, ¡nadie está muerto aunque haya encierro! He sabido que la libertad no es una condición física, sino del alma. Sé que no estoy encerrado sino libre y a salvo. Y ya sé que no volveremos a ser los mismos, seremos mejores.
Cronista de la ciudad
