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Uno, dos, tres… por la adultez

Antonio Alonzo Ruiz(*)

Todas las personas, continuó explicando Julius, sentimos alguna vez el deseo de venganza que incita a la furia irracional y siembra en el corazón una fuerza destructiva mayor que la del gladius y el pilum: la del odio.

Por cierto, comentó Julius, el cruel e infame Cassius Quera comandante de la temida guardia pretoriana imperial, está en la región norte de Perea —muy cerca de aquí— con dos encomiendas de Tiberius Claudius Nero.

La primera, menciona el centurión, es reprimir una rebelión yehudí en contra del imperio comandada por el peligroso kanai Bar Abbá.

La otra encomienda, dice Julius con cierta tristeza, es en tu contra querido Juan.

Los no menos infames hermanos llamados Hordos, Filipus y Antipas, hablaron con el emperador, inventando que soliviantabas al pueblo en su contra y anunciabas la llegada de un nuevo emperador.

Todos sabemos, aclaró Julius, que ambos se odian entre sí y solo se unieron para vengarse de ti por haber declarado públicamente que lo que estaban haciendo con Herodías —sobrina y esposa compartida— era anatema.

De manera grave y terminante, Julius le dice al bautista:

“Los sicarios del emperador vienen por tu cabeza”.

Quédate en Decápolis, sugirió Julius, aquí Decio y yo podemos protegerte.

Si cruzas la frontera, Perea es tierra de los Hordos.

El escenario planteado por Julius era alarmante y peligroso. Pero sin duda, la seguridad del bautista estaba puesta en alguien mucho más poderoso que Tiberius Claudius Nero.

Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento. WhatsApp: 9993-46-62-06. @delosabuelos Antonio Alonzo

 

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