Pedro Mauricio Peón Espejo (*)
En la tradición judeocristiana, el matrimonio ha estado presente por más de tres mil años y, desde sus orígenes, habla de la concepción que tenían nuestros antepasados respecto al hombre y la familia. Ya desde el Génesis, en el relato de la creación de la mujer, se empieza a descubrir el sentido de uno de los conceptos más fundamentales del matrimonio en esta milenaria tradición. Cuando Dios crea a Eva de la costilla de Adán, éste exclama: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre” (Gn, 2:23). Por tanto, es en su mujer donde el hombre se reconoce y viceversa. La una caro es llevada a su plenitud en el matrimonio cristiano, que es el sacramento instituido por Dios para auxiliar y bendecir la unión de los esposos, misma que está llamada a la generosidad y a la apertura a nueva vida.
El sentido antropológico de la una caro se puede comprender mejor si se observa el amor humano y, en especial, el modo en el que surge. Primero, se necesita la apertura auténtica, real, del propio corazón a la otra persona. Sólo de esta forma, despojándose de las apariencias, puede el hombre mostrarse tal cual es, con sus glorias y sus miserias. De inmediato, si esta apertura es correspondida, se da paso al amor.
Sin embargo, descubrirse por completo al otro no está exento de dificultades y conlleva un alto precio: a mayor capacidad de amar, mayor es también la vulnerabilidad de quien ama. El otro puede hacernos daño. He aquí la paradoja del amor humano. Empero, si nos cerramos a él, la vida no alcanzará jamás la plenitud a la que ha sido llamada. Amar, pues, al otro implica aceptarle con sus penas y dificultades, sus límites y errores; quererle siendo consciente de que puede hacerme sufrir y de que, tarde o temprano, lo hará. Así, la entrega es total y el fruto del amor entre los esposos da origen a nueva vida, en cuyo rostro cada progenitor se reconoce y se identifica de tal modo que las antiguas querellas quedan triunfalmente subsanadas con la luz que irradia la nueva creatura.
En el sentido teológico, la una caro representa la unión entre Cristo y la Iglesia, su Eterna Esposa. Jesucristo, que se entrega hasta el punto de dar al vida por los suyos, es perfecto modelo de la unión entre dos personas. Así como de la costilla de Adán fue creada Eva, así también la Iglesia brota del costado traspasado de Cristo en la cruz. Este insondable misterio vivifica el caminar terreno de los hombres y equipara la entrega gratuita y generosa de los esposos a la máxima entrega del mismo Dios.
Por otra parte, la comprensión del matrimonio en Occidente no llegó a su plenitud sino hasta el siglo XI de nuestra era. A partir de esa fecha y hasta la llegada del siglo XIII, se dio en la Europa medieval la conciliación entre la tradición judeocristiana y las ideas heredadas de la Antigüedad Clásica. No obstante, pronto iniciaría un lento y prolongado proceso de desintegración y secularización del matrimonio con la llegada del Protestantismo en el siglo XVI. En ese momento aparece en Europa por primera vez la “liberación” del matrimonio de Dios.
Fiel a su visión bidireccional y contractual de las relaciones humanas, la comprensión del mundo protestante hizo a un lado el elemento sobrenatural de la unión matrimonial, despojándolo así de su realidad más sublime. Al quedar reducido a un mero acuerdo de voluntades, no pasaría mucho tiempo para quedar al arbitrio de las tendencias cambiantes de cada nueva generación.
En el siglo XVIII –y en un proceso que se extendería hasta mediados del siglo pasado– empieza en la corte francesa un nuevo cambio: la separación entre la unión conyugal y la procreación. Se “libera”, pues, el acto sexual de su rasgo más elevado, el que recuerda la semejanza entre el hombre y Dios: la capacidad de engendrar nueva vida. La práctica de la anticoncepción pronto se extendería por el mundo con paso firme y decidido. Posteriormente, al mediar el siglo XX, ocurre la llamada liberación de la mujer de la “carga” que representa la maternidad, con el fin de disponer de más tiempo para dedicarlo al mundo profesional y a la empresa. Y unas décadas más tarde, tiene lugar un nuevo cambio radical para el matrimonio, que se desgarra interiormente de un modo nunca antes visto. Se separa el amor del sexo y, ambos, del matrimonio. Siendo así, toda clase de práctica sexual se vuelve en apariencia lícita, pues basta con aislarla de los otros dos conceptos para justificar la idea de que su único fin es la satisfacción del propio deseo, sea cual sea. Mientras tanto, la Iglesia responde de manera contundente, en la voz del Papa Juan Pablo II, que “no es digno del hombre nacer fuera del amor en el matrimonio”.
En estos tiempos, presenciamos la aparición de corrientes como la ideología de género o el movimiento LGTB. A la vez, se pretende hacer de los hijos un derecho dándoles un tratamiento equiparable al de los bienes de consumo. Lógicamente, este mundo demanda hijos que tienen que ser proporcionados por un nuevo mercado: el de la fecundación in vitro y el de los vientres de alquiler. Sin embargo, ¿es lo mismo ser un padre que un padrastro?
A través de las etapas descritas, se puede entender cómo se ha llevado a cabo el proceso de secularización, naturalización y privatización del matrimonio en nuestro mundo Occidental. El panorama es realmente escalofriante, pero conviene recordar que las minorías son y han sido siempre las que mueven y cambian el mundo. Basta con la levadura de un puñado de familias generosas y conscientes para hacer fermentar la masa de la sociedad. Esta esperanza nos permite vivir el presente en plenitud y mirar al futuro con paz y entusiasmo.
Estudiante de Administración en la Universidad Panamericana en Ciudad de México
Amar al otro implica aceptarle con sus límites y errores; quererle siendo consciente de que puede hacerme sufrir y de que, tarde o temprano, lo hará
