Presbítero Manuel Ceballos García
“Tú eres mi Hijo, en ti me complazco”
La mención que hace san Lucas del Bautismo de Jesús es breve. El texto litúrgico compara este acontecimiento con la negativa de san Juan el Bautista a ser considerado Mesías.
Desde la perspectiva del lector que se acerca al texto, Jesús se revela en su Bautismo como el “Mesías de Dios”. El Salmo 2 citado aquí, adquirió en la interpretación de Israel, en tiempos de Jesús, una dimensión mesiánica que se manifiesta como filiación divina. Remite también al texto de Is 42, 1, donde el “siervo del Señor” es descrito como el elegido en quien el Señor se complace. La misión que Jesús inaugura en su Bautismo se realiza de forma distinta a como se esperaba en ese tiempo en Israel.
En el bautismo, Jesús aparece acompañado de todo el pueblo como una premonición del nuevo pueblo mesiánico que se iniciará en Pentecostés. Por eso, San Lucas no se limita a recordar un acontecimiento histórico, sino que tiene más en cuenta otra realidad eclesial: el bautismo cristiano. La novedad que aporta este sacramento, frente a otros ritos de purificaciones de su época, es el don del Espíritu Santo. Él nos permite reconocer nuestra identidad de hijos de Dios y hermanos de Jesús.
Se trata, pues, de una epifanía grandiosa que tiene dos signos de alto significado destinados a ilustrar el valor del bautismo de Cristo. El primer elemento es la “paloma” que es el símbolo del Espíritu de Dios que es infundido en plenitud sobre el Mesías, como anunció el profeta: “Sobre él se posará el Espíritu de Dios…” (Is 11, 2). Por tanto, en Cristo se realiza la presencia perfecta de Dios que se revela al mundo precisamente a través de la efusión de su Espíritu.
El otro signo es “la voz divina” que reúne dos textos del Antiguo Testamento: el Salmo 2, 7 (dirigido al rey-Mesías), “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”; y el segundo texto es del profeta Isaías: “He aquí a mi siervo, a quien sostengo, a mi elegido en quien me complazco”. En Cristo converge no solo la espera del Mesías, sino la figura del siervo sufriente que presentó el profeta Isaías. Así, tenemos en este relato de San Mateo una auténtica catequesis sobre el misterio de Cristo-Mesías-rey-siervo-profeta e Hijo de Dios.
Por tanto, en el río Jordán, Dios proclamó: “¡Este es mi Hijo predilecto!”. En el Calvario será un soldado romano el que profese el mismo título divino: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”. Por eso, el Bautismo de Jesús es su presentación solemne al mundo, una presentación que sellará en la cruz y en la Pascua.
