El obeso Gioachino Rossini y el más que huraño Ludwig Van Beethoven, que no se simpatizaban en absoluto, tuvieron al francés Gabriel Fauré en medio, para evitar asperezas, en el programa del segundo concierto de la Orquesta Sinfónica de Yucatán que tuvo lugar anteanoche, en el teatro José Peón Contreras.
Para comenzar festivamente, el director titular, maestro Juan Carlos Lomónaco, sacudió el colorido biombo del género bufo y enfrentó la obertura de la más recordada de todas las óperas de Rossini, ese “Barbero de Sevilla” repleto de acción, sinuosa intriga y guapísimas arias para todas las voces.
Tan ocupado anduvo en la elaboración de los dúos y tercetos del Barbero, facturando tipos inolvidables, que don Gioachino Rossini olvidó hasta el último momento una obertura propia, así que utilizó la de una ópera previa, —“Aureliano en Palmira”— lo que demuestra el cómodo eclecticismo al que solían recurrir los autores cuando se hallaban abrumados de trabajo.
Tiene la pieza ejemplos clarísimos del estilo peculiar rossiniano. Acordes nerviosos, como chispitas de brasas; una introducción que va subiendo de tenue a toda orquesta, crescendos inquietos y súbitos en la exposición y una galopa final llena de brillantez.
El comelón de Pésaro nos lleva a un universo juguetón con saltos de delfín en una textura aderezada con sarcasmo y picardía.
La versión de nuestra orquesta fue muy precisa en acentuación y ritmo.
Máscaras y danzas
En uno de sus lapsos de ocio, Alberto I, príncipe de Mónaco, decidió organizar, en sus jardines de Montecarlo, un “divertimento” tipo siglo XVIII con danza, música y partes cantadas. El propósito era enlazar el pasado con la actualidad (1919) y fue el ya famoso Fauré el encargado de tejer la partitura que se basó en un poema juvenil de Paul Verlaine (“Vuestra alma es un exquisito paisaje que encantan máscaras y danzas de Bérgamo con toques de laúd”).
Tuvo aquel divertimento ocho danzas y de ellas el autor seleccionó cuatro para establecer una suite que nuestra orquesta nos ofreció como segundo número de la velada.
Se inicia con un Allegro molto que establece la esfera del ambiente cortesano, ese pendular quehacer de danzantes en la frívola extensión de las terrazas. El minueto viene de inmediato, Allegreto moderado, con la vespertina elegancia de la sociedad rococó, pasos cortos y elegantes.
La gavota exige el Allegro vivo, rondeles de parejas que se ofrecen flores en un pequeño torbellino de precisos giros. Para finalizar, Fauré dispuso la Pastoral, andantino tranquilo, rememoración artificial de la vida campestre según las novelas y no la realidad. La ejecución de esta hermosa pieza fue otro logro de nuestra orquesta.
La Octava Sinfonía
Beethoven siempre manifestó cariño por su Sinfonía No 8 en Fa Mayor escrita en 1812, al final de su segunda época, cuando su estilo brioso y experimental se había ya establecido. Pequeña en tamaño, se mantiene alegre, con detalles de humor, llena de cambios rítmicos y otras aventuras arquitectónicas, pues el Maestro retornó a formas de su juventud aunque dándoles espléndidos desarrollos conforme a la sapiencia adquirida.
Se inicia con un Allegro vivace que se despliega —según el crítico Richard Osborne— como un minué sin serlo realmente. Dos temas que se presentan con rupturas de ánimo, pausas repentinas y otros detalles de humor con brioso énfasis. Traviesos incisos de clarinetes y fagotes, un redoblar de timbales sugerente.
En el segundo tiempo, allegro scherzando, entramos en un terreno sumamente rítmico, en el cual, según se ha notado, el maestro quiso aludir el sonido repetitivo del metrónomo recién inventado por su amigo Juan Nepomuceno Malzen. Terreno que bordea la broma, con dominio de oboe, clarinete y fagot, así como las cuerdas graves.
Prueba de su retorno a valores del pasado, para el tercer instante, Beeethoven restituye el Minueto a su estructura sinfónica en lugar de su amado Scherzo. Se permite convocar alegres reflejos de danza vienesa, permite vuelos a sus íntimos murmullos. Deja que su voz arme rondas reminiscentes de un pasado aún latiendo en su memoria.
El final (Allegro vivace) es el instante más extenso de la obra. Aquí se recobra la mano imperiosa en elaboración y desarrollo, toda la fuerza y la intensionalidad grandiosa del proyecto. Se trata de una especie de compendio de la sinfonía en su integridad. Nerviosos alientos, líricas cuerdas, juguetones toques de timbal. Un cierre pleno de alegría. La lectura del maestro Lomónaco fue atinadísima, despertó largos y sinceros aplausos.— Jorge H. Álvarez Rendón
