Anno Domini 1666. Londres. Muchos le temían a este año. Después de todo, los tres últimos dígitos de este año representan el número de la Bestia. Londres salía de su más horrible epidemia de peste bubónica desde hacía muchos años. Aquellos que habían podido huir de la ciudad regresaban a ella poco a poco.

La familia real ya estaba de vuelta desde Salisbury, donde se había refugiado, en febrero de este año. Samuel Pepys, intendente responsable del reavituallamiento de la Royal Navy, quien había escrito en un diario todo de lo que fue testigo durante esta horrible peste del año 1665, había terminado su diario en cuestión alegando que “Londres nunca más verá algo tan horrible”.

No sabía que algo, también de catastróficas consecuencias, estaba a punto de producirse.

En estos momentos, Londres era una de las principales ciudades del mundo en cuanto a cantidad de habitantes. Todavía existían las murallas medievales, bastante altas, que habían protegido la ciudad de eventuales ataques enemigos en el pasado. Toda una serie de pequeños poblados se habían establecido a las afueras de esta antigua muralla. Todo ellos hoy han sido engullidos por el Gran Londres de nuestros días.

Todo comenzó la noche del primero al dos de septiembre de 1666 en la panadería de Thomas Farriner, situada en Pudding Lane.

Farriner era el panadero real. Era él quien aprovisionaba con sus panes a la familia de Carlos II, rey del momento. Esa noche de sábado, Farriner se fue a la cama muy cansado. No se dio cuenta de que no había apagado bien uno de sus hornos. A las 2 de la madrugada ya del domingo, el fuego del horno había consumido una buena parte de la casa.

La familia de Farriner, que vivía en la planta alta de la panadería, logró escapar por una ventana hacia el techo de los vecinos. No lo logró la nodriza de sus hijos quien, presa de pánico, murió víctima de las llamas. Ella fue la primera víctima de este gran incendio… De la casa del panadero a la del vecino, de ella a las de los otros vecinos y a las casas del resto de la cuadra. Así fue extendiéndose por toda la ciudad. Londres en aquella época era una ciudad medieval, con un trazado absolutamente irregular de sus calles, estrechas e insalubres, a pesar de las medidas de saneamiento que había tomado el rey Carlos II durante la epidemia de meses antes.

Traductor, intérprete y filólogo altus@sureste.com

 

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