Desde siempre me he atrevido a mirar cuadros para contar qué dicen esas pinturas y qué reflejan de quien las creó (Antonio Muñoz Molina)
Asistir a un museo es sin duda alguna un acto que sobrepasa la simple tarea de entretenimiento, ya que un recorrido por sus salas puede ser una experiencia placentera y una lección de arte.
En los últimos tiempos han sido considerados motor de una gran industria de servicios, como el turismo, que permite a muchas regiones lograr un desarrollo económico por la oferta cultural, pero también es un derecho humano para la formación educativa de la ciudadanía.
Sin embargo, en ocasiones las visitas a estos espacios parecen ser difíciles para los visitantes, por los objetos expuestos o el conocimiento que los conducen: datos, cédulas, catálogos, imágenes, etcétera, los cuales parecieran indispensables para percibir, apoyar o establecer una relación con el espectador o visitante. Debemos fomentar tres formas de experiencias en nuestros espacios museales encaminadas a distintos recorridos: ver, mirar y observar.
El primer acercamiento consiste en “ver” (palabra viene del latín “videre”) y solo se requiere el uso de los ojos, del nervio óptico que transmite los impulsos eléctricos generados en la retina donde son procesados para percibir mediante la acción de la luz, se trata en sí mismo del sentido de la vista. Capacidad física en la cual el cerebro reconstruye imágenes a una velocidad extraordinaria, vinculándolas con nuestra experiencia previa.
Una visita puede tratarse de un recorrido general y rápido por las salas sin detenerse o fijar la atención, solo percibiendo el espacio y la presencia de los objetos: la forma, sus colores, la distancia y el movimiento; lo cual nos lleva a experimentar y sentir las piezas, para lo cual no es necesario situarse en una época o corriente estilística, ya que ese acto permite establecer una relación sensorial o emocional a lo que estamos viendo más allá de su contenido académico.
Sin embargo, cuando “miramos” (del latín “mirari”, admirar, admirarse) ejercemos una acción deliberada que consiste en fijar la visión en un objeto, desentrañando sus propiedades inherentes, relacionando todo nuestro sistema perceptual para darle una particular atención. Es algo que podríamos definir como polisemia (que consiste en la capacidad que poseen los acervos o evento artístico de tener o permitir múltiples significados).
Parte de la labor educativa de un museo está en enseñar a mirar, a no ver los objetos en exhibición, sino motivar a que se analicen solamente aquéllos que más nos llamaban la atención e informarnos, buscando respuestas sobre los planteamientos que nos surgen.
Podríamos decir que todo aquello que miramos lo vemos, pero no miramos todo lo que vemos, ya que para la primera de las acciones basta simplemente con tener los ojos abiertos, pero para mirar necesitamos un interés sobre algo.
Por otra parte, “observar” se trata de examinar una cosa con atención utilizando habilidades basadas en pensar o reflexionar. Requiere aprovechar lo que ya sabemos e interpretar creativamente lo que vemos y sabemos, dentro de un contexto más amplio. Se trata de una experiencia sensitiva que desencadena la curiosidad histórica o académica (averiguar quién, cuándo y cómo se realizaron los objetos, qué medio o materiales se utilizaron, su vinculación con otros expuestos, etcétera), profundizando sobre el conocimiento, la motivación o el discurso del creador. A partir de lo que se ha hecho de forma previa, se trata de encontrar respuestas, es decir, crear procesos subjetivos y cognitivos.
Es importante entender que cada visitante tiene un interés distinto, motivado a veces por circunstancias de tiempo, afinidad temática con las exposiciones o el ámbito museal; sin embargo, la visita debe ser creada desde el simple encuentro con el espacio y sus objetos, hacia una experiencia sensorial inmersiva que induzca al conocimiento.
Curador.
