SALÓNICA, Grecia (Por Giovanna dell’Orto para The Associated Press).— Banderas griegas y bizantinas ondeaban un sábado reciente mientras tres personas colocaban una carpa para fiestas en la terraza de la iglesia Osios David, del siglo V, para proteger a visitantes de un Sol sofocante que impedía ver con claridad el Monte Olimpo del otro lado del golfo.

La escena describe lo que es Salónica, una ciudad junto al mar llena de arte y arquitectura de inicios de la era cristiana, en la que abundan los sitios sagrados, desde la residencia de los dioses griegos en la montaña hasta los conventos cristianos ortodoxos más contemporáneos en el Monte Athos.

Un poco más escondidos, hay también manifestaciones del islam y el judaísmo, aunque muchos monumentos fueron destruidos por un incendio en 1917.

“La gente ve las ruinas (arqueológicas), pero no conoce nuestra historia tan diversa”, lamenta Angeliki Ziaka, profesor de religión en la Universidad Aristóteles de Salónica. “Es el momento de recuperar ese conocimiento, encontrar la conexión entre las distintas culturas”.

Todos los años en los últimos seis pasé al menos unos días en la segunda ciudad más grande de Grecia o sus alrededores y disfruté de la energía de una urbe a mitad de camino entre Atenas y Estambul, punto de encuentro de Europa y Asia.

Para mí, Salónica se puede recorrer caminando, incluso bajo el calor del verano, gracias al frappé disponible en todos lados y a las brisas marinas del Golfo Termaico. Es famosa por la icónica Torre Blanca y una popular rambla que se extiende por varios kilómetros.

Camina por cualquier lado y te toparás con monumentos insertados en el tejido urbano. Yendo a comprar unas rosas en el mercado de flores descubrí un hammam (baño público) construido por los otomanos, con varias cúpulas típicas del estilo bizantino, llamado Yahudi Hammam por los judíos sefardíes que se instalaron aquí.

Los hammams y mercados que aún funcionan fueron por siglos sitios de reunión de judíos, cristianos y musulmanes que vivían en distintos barrios, según Ziaka.

Durante siglos de dominación otomana musulmán -—cuyo legado se refleja en el número de cafeterías que hay—, Salónica dio refugio a una pujante comunidad judía. Su historia, contada en el Museo Judío, se destacará más en un museo del holocausto y centro educativo de próxima inauguración.

Hasta principios del siglo XX la mayoría de los musulmanes vivía en Ano Poli, tranquilo barrio de jardines amurallados, casas con pisos superiores que rebasaban los de abajo y calles inclinadas que ascendían hasta una fortaleza en la cima de una colina. Más de mil años antes de la conquista otomana, San Pablo trajo el cristianismo a Salónica, a la que posteriormente le dedicaría algunas de las cartas más leídas del mundo cristiano.

Abundan las iglesias de cuando Salónica era el centro del Imperio Bizantino, repartidas por sus calles laberínticas. Un estrecho pasaje lleno de frutales da paso a una vista espectacular del mar y a la pequeña iglesia de Osios David, cuya cúpula conserva un mosaico de hace 1,600 años en el que se ve a Cristo en un río lleno de peces, con dos profetas del Viejo Testamento observándolo asombrados.

Los muros tienen frescos del siglo XII.

Los murales más importantes de la ciudad, no obstante, se encuentran en Agios Nikolaos Orfanos, otra pequeña iglesia de Ano Poli dentro de un jardín. Conservan sus colores vívidos después de 700 años. Muestran escenas de la vida de Jesús, profetas y santos con muchos detalles.

Calle abajo se asoma la Rotonda, que encapsula la historia religiosa interconectada de la ciudad.

Se trata de un amplio edificio circular construido como templo romano o mausoleo en el año 300, que poco después pasó a ser una iglesia cristiana, luego una mezquita —cuyo minarete sigue en pie— y ahora es un museo y santuario de vencejos.

Se celebran liturgias una docena de veces al año, pero la mayoría de los visitantes va a ver los mosaicos dorados de principios de la era bizantina que adornan una enorme cúpula y representan una fusión de la arquitectura romana y la veneración cristiana, con gente que reza frente a uno de los edificios más lujosos del imperio.

Hay muchas más iglesias y museos, y siempre trato de encontrar tiempo para visitar el interior.

Desde las formaciones rocosas de la playa Kavourotrypes, llena de pinos, puedo ver el Monte Athos, del otro lado de la bahía.

Los binoculares de los dueños del bar de la playa me permiten ver varios monasterios cristianos ortodoxos, parte de un complejo de la era bizantina, en el que viven unos 2,000 monjes.

Las mujeres no pueden visitar el Monte Athos, por lo que me contento con verlo desde lejos, tomando otro frappé, antes de zambullirme de nuevo en las aguas transparentes de la bahía.

 

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