Ha regresado septiembre y entre sus aires de patriotismo al desnudo, nos llegó anteanoche, desde el proscenio del teatro José Peón Contreras, el acostumbrado concierto de apertura de temporada —valses, danzones y otros festivos ritmos— con el que la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY) nos llevará del oído hasta fines de diciembre.
Bajo la previsión del maestro Juan Carlos Lomónaco el programa se deslizó con los mejores augurios. Piezas seleccionadas con esmero y atendiendo al gusto de los fieles aficionados.
De acuerdo con el protocolo, la directora del patronato de la OSY, Margarita Molina Zaldívar, leyó palabras de bienvenida y agradeció la solidaridad del público, sobre todo en estos tiempos de pandemia.
El recital se inició ingresando en una suite que reverdece la memoria del español Ricardo Halffter y cuyo origen fue un ballet estrenado en 1940: “La madrugada del panadero”.
La pieza es breve —quince minutos— y emplea un lenguaje neoclásico, aunque con algunos espejismos de vanguardia, sobre todo asomos del Stravinski de los primeros ballets, así como del mentor de don Ricardo, el inigualable Manuel de Falla.
Dividida en siete secciones —Entrada, cinco danzas y un nocturno— esta “madrugada” fue certera puerta para ingresar en el gusto de los oyentes por ese fino engranaje melódico y rítmico que va más allá del nacionalismo hispano, de la pandereta y el cascabel, y aborda lo universal.
Vino después una obra ya célebre en el mundo entero: el Danzón No.2 de Arturo Márquez, quien tiene en su haber otros ocho en homenaje al ritmo bailable más popular de México.
Su proceso
Para adentrarse en el horizonte emotivo del danzón, Márquez viajó por pueblos de Veracruz y frecuentó salones de la Colonia Obrera capitalina. Se empapó en ese artificio de gestos y miradas plenas de sensualidad que animan a las parejas en las pistas.
El resultado fue la segunda pieza celebrada como genuinamente nacional, después del Huapango de Moncayo. El autor apresa el aire nostálgico del danzón conforme a las reglas de su formación académica. No encadena sones folclóricos y los ajusta para orquesta, sino que elabora una obra sinfónica en la que lo popular deja su huella y labra su propio rumbo.
Flauta, clave, timbales, piano y demás instrumentos infunden rumores de flama y los oyentes nos sentimos en presencia de un trabajo inteligentísimo, labor de experto orquestador, con agudo tacto para las combinaciones armónicas y rítmicas. Un maestro que posee la dádiva del talento. El beneplácito del público se volcó en aplausos.
Daniel Ayala
Tras el intermedio cayó el temblor de “Tribu”, poema sinfónico del yucateco Daniel Ayala Pérez, a quien el cronista, niño aún, trató personalmente en la escuela de Bellas Artes donde fuera director a mediados de los años cincuenta del pasado siglo.
El músico originario de Abalá, quien fuera violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional, alumno de Carlos Chávez, estrenó “Tribu” en 1934, escrita en escala pentatónica, dividida en tres secciones: “En la llanura”, “La serpiente negra” y “Danza del fuego”.
Con la pieza nos hallamos bajo el manto del genuino nacionalismo que también pretendieron Blas Galindo y Silvestre Revueltas. Recreación y eco del alma indígena, naufragio de culturas con el viento de los siglos que rodean la historia de los pueblos mesoamericanos. Alma antigua que humea sus mitos y anhelos.
Durante una década —desde esta terca columna— fuimos el vehículo de una solicitud de algunos melómanos. ¿Por qué no incluir en algún recital septembrino, junto a valses europeos, el más famoso de los mexicanos, conocido en todo el mundo, ese “Sobre las olas” de Juventino Rosas? Ahora se ha producido la inclusión. Siete minutos de evocación y orgullo. Con toda la pinta de lo europeo, ahí va navegando nuestro vals con la gracia del siglo XIX. Sencillo, dulce, sembrado en las nostalgias.
Corta vida
Según Helmut Brenner, biógrafo de Rosas, su corta vida (murió a los 25 años en Cuba) sólo le permitió componer 45 piezas, entre danzas, chotis y valses, de las cuales apenas 15 subsisten. Junto a “Sobre las olas”, otro vals muy divulgado fue “Carmen”, dedicado a la esposa del general Porfirio Diaz.
El instante de Moncayo
Juan Pablo Moncayo estuvo presente con dos piezas: la Sinfonietta (1945) y el celebérrimo Huapango (1941) que cierra siempre este recital de septiembre para goce entusiasmado del público que lo exige y espera.
Brevísima es la Sinfonietta. Con apoyos en el estilo de Copland, en un solo movimiento ofrece un allegro inicial con dos temas en contraste, una sección lírica que evoca una tarde lavada por la lluvia y una danza de ritmo vivaz enraizada en las orillas del folclor.
Luminoso como una estrella, vena segura para el sobresalto patriótico, llegó finalmente el segundo himno de nuestro país. Como la “Suave Patria” de López Velarde, el Huapango lleva en sus entrañas el relámpago verde de los loros, el santo olor de la panadería y esa mirada de mestiza que pone la inmensidad sobre los corazones. Hay en sus compases ese ajuste de sones populares que emergen sinfónicamente, en forma paulatina y creciendo poco a poco. Cuerdas para el romántico cosquilleo, alientos impetuosos que remarcan la fortaleza de la raza y percusiones aferradas al rítmico ir y venir de las existencias pueblerinas. Todo el conjunto adquiere tono de oda vivificante y triunfal que se apodera de los afectos del público.
No sólo en el Huapango, sino en todas las piezas del programa, nuestra orquesta demostró esa unidad y alta categoría que ha logrado y le es reconocida. Atronadores y de pie fueron los aplausos finales.— Jorge Humberto Álvarez Rendón
