Sé que mis cosas más queridas algún día terminarán en la basura o quizá en un flea market… Tal vez una o dos generaciones más le tengan cierto aprecio, pero llegará el momento que no tengan ningún tipo de valor y eso es ley de vida.

Por eso no soy de las que atesora cosas materiales como sus trofeos más valiosos; no, señor. Primero, no tengo la paciencia para coleccionar absolutamente nada, ya que el mal que me aqueja es la ansiedad y ni siquiera un álbum de estampitas o corcholatas he podido llegar a completar, y si tenemos en cuenta que he sido víctima de los amantes de lo ajeno en dos ocasiones se crea un sentimiento de invasión a la intimidad que solo quien lo ha experimentado lo comprende.

Fue después de eso y otras cositas que decidí ser menos apegada a la conservación, o más bien, a la adoración de la cosas materiales. Me gustan las que cumplen su función: un teléfono bueno, un coche útil, ropa con la cual me sienta bien, pero nada que si llegara a perderse me cause un malestar moral mayor al económico.

Dignidad

Nunca regalen o donen cosas que ustedes no se atreverían a usar. Debe existir una conciencia de la dignidad del nuevo dueño de los objetos o al menos hacerles saber que quizá pudieran darle un nuevo uso… Es así como una camiseta se convierte en un paño para limpieza, una lata o frasco vacío en un contenedor de alimentos, o un vestido en nueva ropita para los niños.

Mejor coleccionemos cosas que irán con nosotros el resto de nuestro paso por este plano: recuerdos, momentos, vivencias, en fin, cosas que nunca van a acabar tiradas por ahí y los que vienen no nos recordarán por haber guardado tanta “basura”. Es por eso que hoy me decanto por el adiós al apego y la bienvenida al ser y el estar.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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