“A mí no me preocupan tanto los templos vacíos o el abandono de las religiones. Me preocupa que donde no hay Dios terminan triunfando los ídolos”, dice el padre el presbítero Raúl Humberto Lugo Rodríguez, rector de la iglesia de la Candelaria y responsable de la dimensión de Fe y Compromiso Social de la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Yucatán.
El sacerdote considera que las religiones organizadas, particularmente la Iglesia católica, que sigue siendo mayoritaria en el país, tienen un tesoro que ofrecer y ese tesoro tiene que hacerlo accesible a las nuevas generaciones.
—Y no me refiero solamente a cuestión de formas. Sí, tenemos que cambiar lenguajes y lograr una aproximación distinta a la escritura, para que deje de utilizarse para discriminar, como se hace a veces en muchas ocasiones.
—Esto no es solamente cosa de lenguajes, sino también de desplazarnos de lugar. En ese sentido me parece que el Maestro de Nazaret, Jesús, era absolutamente adelantado a su tiempo, vislumbró, por ejemplo en la parábola del Buen Samaritano, dónde estaba la clave.
—En la parábola, los representantes de la religión organizada, el sacerdote y el levita, pasan delante del hermano tirado en el camino. No dice la parábola por qué razón lo hicieron. No está satanizando a la religión. No está diciendo que eran unos malvados, la parábola es muy escueta, solo dice que no se detuvieron.
—En realidad, la aportación de la parábola es el tercer personaje, el samaritano, que es el ejemplo de aquellos que no quieren nada con la religión. Los samaritanos tenían esa característica, no iban al templo de Jerusalén, estaban en contra de la casta sacerdotal, etcétera. Y, sin embargo, es el que se detiene.
—El samaritano no se detiene allá porque estuviera en contra de los otros. A lo mejor ni siquiera supo que pasaron los otros. Se detiene por una simple razón, se le estremecen las entrañas cuando ve a ese hombre tirado en el camino y dice “esto no está bien (…) yo paso por aquí todos los días, me puede pasar a mí”.
—Entonces se detiene para ayudarlo. No le pregunta quién eres, no le dice a qué partido perteneces o de qué religión eres. Simplemente ve que está necesitado, lo sube a su cabalgadura, lo cura con aceite y vino, lo lleva a la posada, paga una parte y dice “si hace falta algo, a mi regreso pago”.
—Me parece que está parábola da al clavo en esta discusión sobre espiritualidad y religión. El mensaje fundamental de la parábola es: lo que abre el acceso a Dios no es la práctica religiosa necesariamente, lo que abre el acceso a Dios es el corazón compasivo. Quien tiene el corazón compasivo, cuando vaya a la Biblia, va a entenderla; cuando vaya a la iglesia, va a hacer las cosas bien, pero no viceversa.
No es garantía
—El que sabe mucho de Biblia y está mucho en la iglesia, no necesariamente tiene un corazón compasivo. Por eso digo que la parábola es exquisita, está respondiendo a la pregunta la pregunta de ¿quién es mi prójimo?
—El mandamiento de Dios es amar al prójimo. Y los fariseos decían “Ya ven ustedes, el mandamiento no dice que ames a todos, dice que ames al prójimo. Por tanto, solo a los que están cerca. Eso es lo que manda Dios”, decían ellos.
—Clavarse en la letra de la ley, interpretarla en sus detalles, la convierte en arma de muerte y no de vida. Jesús dice que en lugar de preguntarte quién es tu prójimo, veas que el prójimo es cualquiera, el prójimo no depende del otro, sino de ti. Tú eres el que te acercas, tú eres el que te aproximas.
—La apuesta de Jesús es que hay que hacerse prójimo, tener compasión. Este tipo de enseñanzas de Jesús serían absolutamente bien recibidas por las nuevas generaciones, pero nosotros, las religiones organizadas, tenemos que tener nuestro propio proceso de conversión.
—Nos hemos alejado mucho de ese mensaje, estamos lindando en el terreno de la irrelevancia. A mí no me preocupan tanto los templos vacíos o el abandono de las religiones. Me preocupa que donde no hay Dios terminan triunfando los ídolos, donde no existe una relación amorosa con la fuente de vida, que es el Padre y una experiencia fraterna, entonces termina mandando el más fuerte, termina triunfando el que pueda imponerse. Eso sí me da un poco de miedo.
—Yo cada vez estoy más viejo, voy para 65 años, me doy cuenta de que queda poco tiempo, relativamente hablando. Veo que la tarea que la Iglesia tiene que emprender es muy grande porque tiene que hacer su anuncio de nuevo relevante y para eso tiene que quitar el montón de escombro, de telarañas, de cosas que se han adherido a lo largo de los siglos.
—Tenemos que aprender a mirar con ojos nuevos —dice el padre Raúl con convicción y mirada luminosa durante la charla que ofreció al Diario en el patio interior de la iglesia de la Candelaria, en el corazón de Mérida.— (Continuará).— Luis Alberto de Jesús Luna Cetina
